miércoles, 20 de abril de 2016

MISION ARRIESGADA


Misión arriesgada

Estamos en el año 2052. Hacía diez que había acabado la Tercera Guerra Mundial.

La carrera por el dominio del espacio cósmico había llevado a China y a Corea del Norte a desarrollar vehículos movidos con energía nuclear que, a velocidades hipersónicas, transitan por el espacio sideral.

Los “Servicios de Vigilancia del Cosmos” de los Estados Unidos han detectado movimientos inusuales de naves, en el trayecto de ida y vuelta a la luna, pero su industria apenas consigue desarrollar naves espaciales y armamento bélico, que pueda hacer frente a estas dos potencias militares y económicas.

Los telescopios de los que disponen no han apreciado ninguna actividad en la superficie lunar, pero los “Servicios de Inteligencia” sospechan que ambos países están implantando o desarrollando alguna actividad secreta en dicho satélite.

                                                 ……….

—Hola soy el coronel Chung-Hee. ¿Puede ponerme con la señora Haneul?

… —¡Diga!

—Hola cariño, esta madrugada he recibido una llamada de la empresa Korean Mining Corporation y deberé viajar hasta “taal”.

—Ve con cuidado, ¡mi amor!

—No te preocupes. Llegaré en poco más de cuatro horas.

—Llámame en cuanto llegues, ¡por favor! Y acuérdate de traer aquel sombrero de copa que dejamos olvidado en la habitación del hotel, cuando allí estuvimos, en la fiesta de Año Nuevo.

                                     ………

 

El coronel está a punto de abrocharse el cinturón de seguridad, cuando siente en su cabeza el frío metálico de un revólver. A su espalda dos sujetos desconocidos le instigan a poner la astronave en marcha.

Ambos son ciudadanos americanos de origen coreano y sus rasgos físicos no difieren de los que presenta el coronel. Por ello no les ha sido difícil con credenciales falsificadas como mecánicos aeronáuticos entrar en la base coreana de …..

Ya están aproximándose a la luna. Cuando la nave entra dentro de su órbita el coronel ejecuta una maniobra haciéndola cambiar de rumbo circunvalando su perímetro.  

La visión que se les ofrece al científico, doctor Anthony Price, y al agente especial de la CIA, Robert Bautman, es dantesca.

Los montes aparecían horadados dando paso a galerías, las cuales eran transitadas por infinidad de vagonetas que transportaban el mineral que había sido extraído de sus entrañas y que ahora se encontraban paralizadas.

Diseminadas por el territorio podían verse algunas construcciones que podrían ser hoteles, destinados a los jefes de la explotación minera y a los militares allí destinados.

Después de una inspección más exhaustiva, no pudieron constatar la presencia de cuarteles o destacamentos militares.

—Señor Chung-Hee, si usted colabora con nosotros, le prometemos no hacerle ningún daño —dijo el agente.

—Y qué me importa que no me hagan daño. Cuando sepan en mi país del secuestro de esta cosmonave, mi vida no valdrá nada. ¡Quizá sea mejor para mi reputación morir en vuestras manos!

—Sí, pero usted no ha contado con lo que le podría ocurrir a su familia —remarcó el doctor que estaba pendiente de la conversación.

—¡Sería algo que jamás me podría perdonar!

El agente añadió:

—No se preocupe, señor, su mujer y su hijo se encuentran viajando hacia los EE.UU. Pero ahora, dígame:

—Estas minas ¿están situadas en la cara oculta de la luna?

—¡Si, por supuesto! De esa manera no pueden ser detectadas desde la Tierra.

—¿Puede decirnos entonces cuál es su misión aquí? —continuó el agente.

—Bien, en esta mina que vemos se explotan los yacimientos de lo que hemos denominado Zintorcrita y, en ella prisioneros de guerra americanos trabajan como mineros. Pero están en huelga y debo negociar con ellos para tratar de acabar con el conflicto. Un día de paro en la extracción, supone unas pérdidas de cien millones de wones para nuestro país.

—¿Zintorcrita?  —preguntó el doctor intrigado.

—Sí, ha sido un descubrimiento sensacional. Dicho metal está siendo utilizado en la construcción de naves espaciales que pueden desarrollar velocidades de hasta 100.000 kilómetros por hora, sin sufrir ningún tipo de deformación estructural.

Autoritario, el agente conminó:

—Señor Chung-Hee, usted tiene que conseguir que la mina continúe siendo explotada, para no alertar a los dueños de la empresa y por ende al gobierno coreano. Dado que aquí no hay una fuerte presencia militar, en el plazo de tres días, nuestras fuerzas de élite del “Batallón de Intervención Rápida” podrán alunizar en estos suelos, para liberar a nuestros soldados que trabajan en régimen de esclavitud, y soterrar la mina, paralizando así la extracción de dicho mineral. Nosotros le acompañaremos en la negociación. Debe tener cuidado de no fracasar, porque le colocaremos este cinturón con explosivos que haremos estallar en el caso de que intente engañarnos.

—Y no olvide que su mujer quiere que le lleve de vuelta el sombrero de copa…  —le advirtió el doctor Anthony.

Han alunizado satisfactoriamente en el satélite y se dirigen hacia la entrada qué delimita el perímetro de la explotación minera.

Necesitaban coger por sorpresa al jefe militar de la mina, el teniente Dae-Hyun que ajeno a la llegada de su superior, sale a recibirle confiado.

Este se sorprende de la presencia de los dos viajeros que acompañan al coronel y de los cuales no tenía ninguna noticia.

—Buenas tardes teniente; cómo ha sido una decisión de última hora, tomada por el Estado Mayor, no he podido informarle de la visita del doctor Chin-Hwa y del experto en mineralogía, ingeniero Min-Kyung  —de esta manera presentó el coronel, dándoles nombres falsos, a sus acompañantes.

Llegados al recinto donde descansaban los militares que estaban de servicio, el agente de la CIA y el coronel, haciendo uso de sus armas reglamentarias subyugaron la pequeña guarnición.

La entrada a la mina no estaba exenta de peligro. El coronel no sabía del grado de excitación de los sublevados encerrados en las galerías, así que haciendo uso de un megáfono se dirigió a todos los allí confinados, para decirles en un perfecto inglés que estaba próxima su liberación, pero que el plan necesitaba de su colaboración para no alertar a los dueños de la Korean Corporation y por ende al gobierno coreano. 

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domingo, 14 de febrero de 2016


El último beso

La precaria situación económica de muchos países europeos, a finales del siglo diecinueve, obligó a miles de personas a emigrar para encontrar mejores oportunidades de trabajo.

Después de una larga travesía, llena de vicisitudes, logró arribar al puerto de destino la embarcación que llevaba a la familia de Miguel. Éste tenía tan solo dos años de vida.

Un día jugando con su hermano se bajó del tranvía en marcha, cayendo al suelo con tan mala fortuna, que una de las ruedas le pasó por encima amputándole la pierna derecha a la altura de la rodilla.

Pasado el tiempo aprendió la profesión de sastre y se estableció como socio en un taller de costura junto a un prestigioso alfayate italiano.

Como por entonces su situación económica se lo permitía, decidió viajar para visitar a sus abuelos que en su tierra habían quedado.                                                                      

En su pueblo natal conoció a una joven con la que quedó comprometido. La que más tarde fue su mujer y con la que tuvo una hija.  

Pero aquellos años fueron muy duros para la inmensa mayoría de los trabajadores. Los pescadores y los campesinos de su pueblo también mal sobrevivían con los míseros jornales que cobraban y con la precariedad del trabajo al cual podían tener acceso. El caciquismo imperaba en el campo, y los terratenientes mantenían sin cultivar sus fincas haciendo que los braceros formaran una legión de parados miserables.

Con la llegada de la República muchas cosas se quisieron cambiar en poco tiempo, pero se encontraban siempre y sistemáticamente con la férrea oposición de la oligarquía que boicoteaba cualquier ley que intentara mejorar las precarias condiciones de la clase obrera, y que entre otros estamentos la Iglesia Católica justificaba esa situación calamitosa como un mal necesario para el mantenimiento del sistema conservador en el que querían vivir.

Frente a la pobreza, el Gobierno de la República se sirvió de Juntas de Socorro, que crearon comedores de caridad para mitigar el hambre de campesinos y pescadores y evitar que estos mismos violentamente conspiraran contra los elementos pudientes, distribuyéndose de forma racionada, a veces mediante vales para los más pobres, alimentos y artículos de primera necesidad.

Miguel, sin estar encuadrado en ningún partido político, en la pequeña ciudad donde ejercía su profesión, fue requerido para ser presidente de un Comité de Enlace del Frente Popular.

La situación económica y social del país, así como el fuerte poder de la Iglesia Católica y la enorme influencia que ésta ejercía sobre gran parte de la población, aliada a la fortaleza de las clases pudientes y el apoyo de los militares a esta clase dominante, impidieron que las reformas de educación, agraria, etc. se pudieran llevar a cabo.

Por eso no fue posible consolidar el Gobierno de la República. Cualquier ley promulgada era boicoteada sistemáticamente por las clases dominantes y la enorme intransigencia por ambos lados, dieron lugar a que sucedieran los hechos tan crueles que todos conocemos.

Un puñado de militares subversivos se levantó contra el Gobierno de la República invadiendo la península con tropas reclutadas de las posesiones que España mantenía en África. 

Los habitantes de los pueblos ribereños del sur de España, ante el avance de las tropas golpistas y el temor de represalias por parte del ejército rebelde, abandonaron sus hogares y sus pertenencias. Cada cual utilizó loa medios que tenía disponible, siendo que la inmensa mayoría, indefensos y despavoridos, lo hizo a pie por la carretera que bordea la costa, cuando entonces fueron bombardeados por los buques de la Marina española y por la aviación italiana que ayudaban a los rebeldes.                                                                                                                                                     

Miguel y su familia consiguieron huir en un camión repleto de gente dentro del cual recorrieron la zona castigada por las bombas. Muchas veces tuvo el conductor que refugiarse dentro de los túneles que por aquel entonces había en la serpenteante carretera, para protegerse de los ataques que desde el mar les lanzaban los barcos enemigos.

Lograron sobrevivir durante toda la contienda alojados en un colegio hospital regentado por religiosos protestantes de nacionalidad británica, donde su mujer trabajó lavando las ropas de las camas y la de los chicos allí recogidos que habían perdido a su familia, hasta el final de la guerra.

Animados por la promesa y el edicto promulgado por los vencedores que decía: “Las personas que no tengan delitos de sangre cometidos en la retaguardia de las ciudades y pueblos que se mantuvieron leales al Gobierno de la República podrán regresar a sus lugares de origen sin temor a represalias”, decidieron volver a su pueblo natal para reiniciar sus vidas.

Fue detenido por la policía secreta dentro del tren que les llevaba de vuelta a su casa. Le pidieron salvoconductos, que él no tenía, para moverse libremente por lo que fue inmediatamente esposado y llevado lejos de la presencia de su familia. Ante aquella situación de violencia su pequeña hija se orinó encima del miedo que había pasado, llorando la ausencia de su padre.

Viendo la constitución física de aquel hombre no podría uno imaginárselo teniendo participación activa en cualquier frente de batalla manejando un fusil, ni alentando a las “hordas” a cometer desmanes y a quemar las Iglesias.

Tuvo un sumarísimo juicio militar sin ninguna posibilidad de defensa donde fue condenado. Recluido en la cárcel llegó a ser torturado. Cayó al suelo cada vez que lo golpearon ya que no pudo mantenerse en pie a causa de su minusvalía. Una de sus piernas era una precaria y rústica prótesis de madera que él amarraba por medio de un correaje para fijarla a la cintura. Además le era necesario ayudarse de un bastón para caminar y mantenerse en equilibrio.

Aquel miércoles, como hacían cada semana, la niña pudo ver por última vez a su padre en la celda de la cárcel; le llevaron algo de pan tierno, un poco de tocino fresco y algunas naranjas. Al despedirse éste le abrazó con tal fuerza que casi le crujieron los huesos al tiempo que recibió en su frente un beso lleno de ternura, mientras lágrimas le resbalaban por el rostro.

A la semana siguiente la niña le dijo a su madre:

—¡Hoy es miércoles! ¿No vamos a ver a papá?

—¡No hija, no! ¡Hoy iremos a la iglesia! El Obispo nos ha ordenado ir a la misa que se va a celebrar para la “redención de los rojos”.  

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viernes, 12 de febrero de 2016

DOMINGO EN EL PARQUE.                
Capítulo primero.
Salomón es un delincuente que anda metido en bandas criminales con las que roba coches de alta gama. Hace poco que estaba conduciendo de forma temeraria por la Avenida Veintitrés de Mayo a sabiendas de que, en la ciudad de São Paulo, si la policía lo hubiera parado bastaría con haberle entregado la documentación del coche junto con un billete de veinte reales.
Lleva prisa porque necesita contactar con alguno de los jardineros del Parque de Ibirapuera antes de que salgan para comer.  
Así que se acercó al hombre que se encontraba cuidando de los aspersores de riego automático.
—Hola, ¿qué tal se presenta el día?— Preguntó con aire desenfadado.
   ¡Jodido! Aquí se curra demasiado para la mierda de jornal que te pagan. Y encima si el césped se quema por causa de la sequía te mandan a la calle sin ninguna indemnización— Respondió visiblemente malhumorado.
—Bueno, a lo mejor lo que le voy a proponer le ayuda para llegar a fin de mes.
—¿Me quiere vender algún décimo de lotería? Mi paga no me alcanza para comprar rifas. 
—No, yo no vendo papeletas ni seguros.
—¿ Qué pasa, es usted Papá Noel?
—Pues no, pero me gusta regalar alegrías a la buena gente.
—¿Y cómo sabe usted que soy buena persona?
—Porque frecuento el parque y le he observado cuidando con cariño de la zona que le tienen asignada.
   ¡Es la primera vez en mi vida que alguien elogia mi trabajo! ¡Es para desconfiar! ¿Y qué quiere regalarme? Seguro que me lo tendré que ganar.
   Si, pero podrá llevarse una buena propina.
   ¿Y qué es lo que tengo que hacer?
   Permitir que pueda dejar a resguardo el material que traigo cada domingo que vengo a pescar al lago. Me molesta cargar con todos esos bártulos.
   Pero yo no trabajo los domingos, y la caseta donde guardo las herramientas la comparto con otros jardineros.  
   No, no se trata de la caseta, que queda lejos de aquí. Lo que me interesa es tener un sitio próximo al lago. Había pensado que tal vez podría guardarlo en un sitio como aquel. En el hueco que hay dentro del registro.
   No creo que quepan allí  sus cañas telescópicas y la caja con los aparejos.
   Bien, quizá habría que agrandarlo un poco, pero le retribuiría por ello. Cada mes le pagaría un…  digamos “alquiler” por el espacio ocupado. Piénselo.
   Será difícil. Además hay un plus añadido:  yo no soy el encargado de los jardineros, y si él se da cuenta de que estoy agrandando el hueco, querrá saber por qué lo hago.
   Bastará que aproveche cualquier día en que él se ausente para ir al médico. Me consta que está en trámites para que le intervengan quirúrgicamente.
 —Es complejo lo que me propone…  También están los compañeros que son unos cotillas y esto me podría costar el empleo, que aunque no es para tirar cohetes es mejor que no tenerlo.
Salomón viendo que el jardinero titubeaba en aceptar su propuesta, insistió:
—Mire, el registro que me podría venir bien es el que está medio escondido entre los setos próximos al puente chino. Precisamente la frondosidad de ese lugar proporciona una invisibilidad que me parece idónea para realizar los trabajos de ensanchar el hueco sin levantar sospechas.
—No sé, no sé. Lo veo arriesgado. ¿Y merecerá la pena?
—Estoy hablándole, aunque no se lo he dicho todavía, de una suma importante… Como habrá podido intuir, el motivo de poder utilizar ese hueco no es sólo para tener guardadas las cañas;  ya sabe…
—¡Peor me lo pone usted! Si lo ven los compañeros querrán lucrarse con ello.
—En cuanto a eso no habrá ningún problema, mis jefes son bastante generosos. Lo que será importante es que la tapa del registro la perfore con algunos agujeros de forma que pueda penetrar aire fresco para evitar la humedad dentro del hueco.  
—Creo que antes de meter mano a la ejecución, tendría que comprar a mis compañeros para que no se vayan de la lengua.
—¡Sin duda! Piénselo. La próxima semana pasaré por aquí y si está de acuerdo, para empezar le entregaré quince mil reales.   
Los ojos se le hicieron chiribitas al jardinero que no había visto ni de lejos una cantidad de dinero como aquella.
   No se preocupe; probablemente tengamos que sobornar a algún policía para que haga la vista gorda. Pero todo eso lo tenemos contemplado.
Y diciendo esto se alejó de allí dejando al jardinero atareado con su faena.   

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viernes, 15 de enero de 2016


El último beso.

Formaban una bonita pareja cuando iban a la playa o paseaban por el parque de la ciudad. Ella era Mari Carmen, tenía un rostro precioso y una sonrisa que cautivaba. Su conversación era culta y agradable, no en vano cursaba las materias propias de Bachiller, en el Instituto.

La familia de ella, burguesa y conservadora no veía con buenos ojos que la chica pudiera inclinarse por escoger a un chico que no fuera de su clase social, por eso solo la dejaban salir con los amigos pudientes del barrio, pero no sabían que él formaba parte del grupo. 

En cuanto a preferencias quedaba claro que el chaval que le gustaba era Fernando. 

Era el muchacho pobre, pero más listo, de la pandilla. Había terminado el primer año de la Formación Profesional en una escuela del gobierno y siempre sacó buenas notas para orgullo de su familia. Nunca repitió un curso, al contrario de algunos de nosotros que año sí y otro también tuvimos asignaturas del Bachillerato pendientes de aprobarlas en septiembre.  

Vivían en la misma calle y en casas casi enfrentadas. Desde cualquier balcón de una de ellas podían verse los de la otra. Allí la bonita cara de Mari Carmen se asomaba para combinar con Fernando las andanzas diarias de aquel verano de mil novecientos cincuenta y siete.

Cada mañana iban andando desde la calle en que vivían hasta la costa, atravesando el túnel de la Coracha y, lo hacían abrazados con la connivencia de la chica que siempre la acompañaba. Después, bajando los jardines de Puerta Oscura llegaban a la playa de La Malagueta.  

En bañador la chica era una delicia para la vista. Sus bien formadas hechuras suponían para la imaginación un torrente de bellos deseos. Pero en aquellos años de censura ideológica y religiosa se conformaron con realizar inocentes y distraídos juegos con los que rebajar la libido.

A veces y, a escondidas, en algún quiosco del parque tomaron alguna cerveza para mitigar el calor de aquellas fechas transgrediendo de esa manera, como menores de edad, las rígidas normas establecidas.

Por aquel entonces las tardes veraniegas se hacían largas y apacibles jugando en las calles del barrio, charlando sentados en los portales de sus viviendas o disfrutando en el mes de junio de la “quema del judas” en la noche del día veinticuatro.

Al cine de verano se escaparon muchas noches en compañía de la chica que trabajó en su casa como empleada doméstica.

En agosto, durante las fiestas locales, pude verles disfrutando de las atracciones de la feria y de las canciones de los grupos musicales que comenzaron a surgir, o de los conciertos que dieron algunos cantantes famosos de la época en los recintos que fueron habilitados para tal fin.

Cuando en septiembre comenzó el nuevo curso, él salía apresuradamente de la escuela y solía esperarla diariamente a la salida del Instituto y, agarraditos de la mano iban hasta sus casas, despidiéndose entonces con un beso casi de hermanos una calle antes de llegar a sus domicilios.

También en los guateques domingueros era frecuente verlos bailando muy juntos, cara con cara, las canciones de Lucho Gatica, Nat King Cole o The Platters y, otras más movidas de Rita Pavone, o de Elvis Presley.

Durante la semana santa, la asistencia a los desfiles procesionales por las calles de la ciudad, era otra ocasión de encuentro para la pareja que perdidos entre la multitud, se adentraba en la oscuridad que propiciaba los frondosos setos del parque para robarle algún beso. 

Así se pasaron tres largos años de sus vidas hasta que él terminó la Formación Profesional.

Debido a la situación precaria que atravesaba el país, acabado el verano de mil novecientos sesenta, Fernando decidió emigrar.

El día de la despedida en la estación de ferrocarril pude ver las lágrimas de ambos resbalando por sus rostros, mientras se regalaban el beso más tierno y apasionado que una persona pudiera dar y recibir.

Días más tarde embarcaría en un transatlántico con rumbo a un país lejano para encontrar mejores oportunidades de trabajo.

En octubre la chica se trasladó a Granada para estudiar en la Universidad, la misma carrera que su padre.

Ellos mantuvieron correspondencia durante algún tiempo y sus cartas a nombre de Mari Carmen siempre llegaron a mi dirección. 

La distancia hizo que él acabara olvidándose de ella.

…Cuando Mari Carmen en tiempo de vacaciones coincidía conmigo, triste y abatida, siempre me preguntaba si tenía noticias de él.

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jueves, 24 de diciembre de 2015

Remordimiento - por Vespasiano
Remordimiento.
Aquel sábado del mes de julio prometía haber sido interesante y, si ella me hubiera dedicado un poco más de atención, habría sido un fin de semana maravilloso.
Llegado al punto de encuentro me di cuenta que eso no iba a ser posible: ¡Allí estaba el cabrón de Juanito!
«Yo nunca le hubiera engañado ni mentido — como solía hacer él y Pinocho — y, no por miedo a que me creciera la nariz, ¡Yo la quería de verdad! »
 ¡Que noche más calurosa! ¡No consigo pegar ojo!
“¿Qué tendría ese fulano, que yo no lo podía ni ver? ¡Qué asco me daba! Y encima Carmela le seguía el rollo”.
Estábamos subiendo una empinada cuesta cargando nuestras pesadas mochilas. Entre el grupo de caminantes podía ver su bonito trasero, ceñido por un pantalón vaquero. A su lado iba ufano, el cantamañanas.
“A mí no me daba muy buena espina. Sabía por otros amigos comunes que le gustaba la chica, pero no lo suficiente como para hacerle perder el sueño”.
¡Y aquí estoy, que no me puedo dormir!
Un sol de justicia repartía el calor por todo el campo. No veía la hora de alcanzar aquella arboleda de pinos resineros que marcaba la entrada al Parque Natural del Tajo.
« ¿Por qué no me volví?… ¡Cómo me arrepiento ahora!»
Habíamos alcanzado los márgenes de la Laguna de Taravilla. Yo caminaba rápido como si estuviera participando en una prueba olímpica.
No quería perderme ni un detalle de las piernas de Carmela cuando se quitara aquel pantalón y poder admirar también su generoso busto antes de que se metiera en el lago.
“¡Mi madre, que cuerpo lucía la muchacha!”
Estábamos metidos en el agua; entonces me zambullí y procuré agarrarle lo primero que pillara. No porque yo fuera un tarado, ¡no! Era para “darle por culo” al impresentable de Juanito.
«Encima el muy mamón ni se percató… ¿O tal vez sí? …Yo sabía que le daría igual. ¡Él no la quería!»
“¡Yo le hubiera roto la cara a ese mierda!”
Carmela nadaba, pero evitaba mojarse el pelo y no metía la cara en el agua para no desmaquillarse.
« ¡Qué hortera! Ir al monte pintada como si fuera a una fiesta».
«A mí eso me molestaba. Ya procuraría convencerla para que no se pintara cuando fuéramos novios y no porque yo fuera machista, sino porque una mujer no debería ir exhibiéndose por ahí de esa manera».
Sacamos nuestras viandas, teníamos bastante apetito y dimos cuenta de algunos bocadillos y bebidas.
Mientras tanto, un poco apartada del grupo, ella sacaba sus utensilios de pintura y maquillaje.
“¡Qué horror! Allí estaba perfilándose los labios y retocándose las pestañas”.
Antes de emprender la ascensión hacia los farallones dimos un vistazo general por la zona para recoger la basura que hubiéramos esparcido. Al alejarnos me pareció ver un destello entre las matas.
Subimos hasta el Cerro del Otero por intrincados y angostos senderos que a veces nos dejaban al borde de precipicios.
Estoy sudando copiosamente. ¡Qué angustia!
Hicimos un alto en el camino para descansar en el refugio, antes de descender por la otra vertiente hasta la Cueva de los Casares.
Al poco rato percibimos un leve olor a chamuscado al tiempo que una aparente niebla iba tomando cuenta del lugar.
Extrañados salimos a la puerta de la cabaña donde pudimos contemplar, estupefactos, cómo en el fondo del valle y en las laderas de la montaña se levantaban cada vez más extensas, negras columnas de humo.
«¡Por qué no me dejas en paz!»
De repente llegaron hasta nuestros oídos el crepitar de las ramas y la hojarasca quemándose. Entonces vivas llamas sobresalieron vorazmente por encima del bosque de árboles, mientras chispas brillantes se esparcían por el cielo arrastradas por el viento, semejando fuegos artificiales. El incendio eruptivo avanzaba velozmente hacia nosotros.
La visión dantesca del infierno se presentaba real ante nuestros horrorizados ojos.
A la carrera abandonamos aquellos picos huyendo despavoridos, descendiendo por vericuetos increíbles hasta ponernos a salvo.
…Sofocado el incendio al cabo de cuatro días, los diarios informaban:
“En la extinción han perecido, cercados por las llamas, once miembros de los equipos de bomberos”.
“Se han quemado diez mil hectáreas de robles centenarios y encinas de enorme valor ecológico”.
“Según los técnicos, han sido los reflejos del sol sobre un espejo abandonado, la causa de tan pavoroso siniestro”.
No pude seguir leyendo…
«¡Dios mío! ¿Hasta cuándo este sufrimiento?»

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miércoles, 16 de diciembre de 2015


¡QUE SUERTE!                              (16/12/15)

¡He cumplido setenta y cuatro años! Estoy feliz y pienso: « ¡Qué suerte he tenido durante todo este tiempo!»    
He tenido suerte de haber venido al mundo en un país bonito, a pesar de haber tenido que estar ausente de él durante muchos años; suerte por haber podido volver a él. Suerte de haber nacido sin ninguna secuela o tara importante; de no haber conocido de cerca ninguna guerra, ni padecido terremoto, tsunami o atentado, mismo habiendo siendo  usuario del tren  que diariamente me llevaba a mi trabajo en Torrejón de Ardoz.
De haber sido educado con cariño. De haber aprendido lo poco que sé con “maestros” que nos enseñaban valores, como la urbanidad y el respeto, inculcándonos la disciplina necesaria para convertirnos en personas decentes.
Suerte de haber aprendido una profesión que me ha permitido progresar en el campo industrial. De haber podido estudiar una carrera que me ha permitido conocer las más avanzadas tecnologías; así como excelentes profesionales y mejores compañeros de trabajo.  
Suerte por haber conocido otras ciudades, países y continentes; por haber sido emigrante, por haber tropezado con una persona cabal con la que he formado una familia.
Suerte de tener unos hijos no diré maravillosos, aunque para mí obviamente lo son, solo diré que estudiosos, trabajadores y honrados.
Suerte de tener unas nietas cariñosas y capaces, y un biznieto del que aún no conocemos su carácter, pero seguro que será buena persona; por ahora con sus tres añitos de vida, solo es la mar de “salao” y revoltoso.    
Tengo suerte de conservar amigos de mi juventud y los que hice después, por esas tierras que anduve, trabajando o acampando o en los viajes de mayores del Inserso.
He tenido suerte de haber podido actuar siempre con libertad haciendo en todo momento lo que creía conveniente, incluso cuando decidí no perder dos años de mi vida haciendo el servicio militar.
He tenido suerte de no haber sufrido ninguna enfermedad grave, ni intervención quirúrgica importante.
He tenido suerte de que no me haya faltado casi nunca el trabajo. Ni en tiempos de crisis, ya fuera en España o en Brasil.
He tenido suerte de no haber tropezado con mala gente, que en mi juventud y al no tener cerca a la familia, pudieran haber influenciado en mi carácter y derivar por adquirir malas prácticas, como  el  pillaje, las drogas, la bebida, o el juego.
Suerte de haber podido completar los años necesarios  de cotización a la Seguridad Social, para ahora poder disfrutar de mi jubilación.
He tenido suerte de que me guste la música y el canto y de haber formado parte a lo largo de los años de dos  “corales polifónica”  y  de “un coro rociero”. 
Suerte por haber podido en ese caminar, haber alcanzado la cifra de cincuenta y tres años junto a la persona elegida.
Suerte de haberme integrado en los grupos de Literatura de mayores, asistiendo a las actividades promovidas por “La Caixa”, o a los cursos y actividades ofrecidos por los centros existentes en la ciudad donde vivo.
Suerte de poder disfrutar de vacaciones en verano, y de algunos viajes esporádicos durante todo el año.
Y sobre todo gracias a Dios por haber tenido la suerte de haber nacido. Para haber vivido.
¡Hasta siempre!


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domingo, 13 de diciembre de 2015

PENSIONES                                                  (Página 1/5)                                    
                                                                    I                                            
En la primera pensión estuvo hospedado poco tiempo. Allí fue a parar cuando acabó la Formación Profesional, para trabajar en la capital. Juan apenas tenía quince años.
La siguiente fue una casa particular. Él compartía una habitación interior sin ninguna ventana que dejara entrar algún rayo de sol, con otros dos jóvenes. Tenía encima de una pequeña mesa la maleta donde guardaba su poca ropa.
Madrugaba cada domingo, para ir a jugar al fútbol con su equipo que disputaba la Liga Juvenil.  
De esta época soñadora recuerda su ilusión por llegar a ser futbolista profesional y su afición por la lírica, así como su paso por la Escuela de Maestría Industrial.
Pasados unos años su sueño futbolero se desvaneció. Su situación económica no le permitía pagarse los estudios de canto y en la empresa que trabajaba tampoco veía un futuro prometedor.  
Muy pronto tendría que hacer el servicio militar obligatorio — posiblemente en África — así que nuestro amigo, animado por la fiebre de la emigración de los años cincuenta acaba con sus huesos en otra pensión, pero esta vez lejos de España.
                                                                  
                                                                        II

En un pueblecito pequeño de una provincia manchega, un niño de nombre Alfredo, ingresaba en un monasterio de frailes, no porque tuviera vocación, sino más bien por la imperiosa necesidad de alimentarse.
Esto no lo pudo resolver con la entrada como lego en el convento; pues allí, entre ayunos y abstinencias o con la única refección diaria que hacían en tiempos normales — lejos de cuaresmas y otras efemérides todavía más austeras — seguía pasando las mismas necesidades que pasaba en su casa.
Si añadimos a esto el duro trabajo agrícola que desarrollaba en la finca del monasterio, además de los ritos de la congregación en completa soledad, amén de los castigos que le imponían por desobediencia, no le compensaba lo más mínimo permanecer enclaustrado en el convento.
Así que nada más cumplir la mayoría de edad abandonó el monasterio poniendo tierra por medio entre los tres, el cenobio, su familia y él.
…Después de haber tomado esa decisión, se encontraba alojado en uno de los muchos barracones que los alemanes tenían habilitados para albergar precariamente —y en muchos casos hacinados — a los trabajadores emigrantes. Donde la falta de confort y de calor humano, eran las características definitorias de los atributos de tales viviendas.                             
                                                                                             
Como Alfredo no había recibido ninguna formación, apenas pudo conseguir un trabajo como peón en una empresa del tejido industrial del norte de Alemania.                                                                    
Allí pasó muchas calamidades, incluido el frío del invierno vestido con ropa poco adecuada para la estación. Contaba que por desconocimiento del idioma probablemente habría llegado hasta ingerir comida enlatada para perros.
Dejar de pasar frío lo solucionó un día cuando cogió del perchero de un restaurante un estupendo abrigo, cambiándolo por la sobada cazadora que llevaba puesta al entrar.                                                                                                                   
Estaba hospedado en una….. , había aprendido a comunicarse con los nativos. Asistía a clases nocturnas de alemán y debido a su dedicación y fuerza de voluntad había conseguido un mejor puesto de trabajo.                                                                                     
Daba la impresión — al que le conocía — que la permanencia en ese país le hubiera mudado  su aspecto físico; pues parecía — a primera vista — que fuera un chico alemán, no muy alto pero eso sí, enérgico y decidido.
Cuando conoció a la que sería su mujer ésta le animó a que estudiara el ciclo inicial para poder acceder a la Universidad Técnica y entonces cursar la rama de Producción Industrial.
Mientras tanto compartió piso con otros emigrantes y entró a trabajar en una empresa de Automóviles. En esas fechas compaginó su trabajo con los estudios en el horario nocturno.
Con el transcurso del tiempo Alfredo y su novia se habían casado, pero no tenían hijos.                                                                                                                Al fin logró — no sin grandes esfuerzos — terminar sus estudios y obtener el tan soñado diploma.
Le faltaba coger experiencia, pero decidió volver a España aprovechando que una importante empresa multinacional alemana se había instalado en nuestro país.                                                                                                                                          

                                                                                                                     
                                                                      III

                                                                     
                                                                                                                               
Al llegar al país de destino — después de una larga travesía — alojaron a Juan en la Residencia de Emigrantes y lo encauzaron para que obtuviera los documentos de permanencia definitiva en el país. A los pocos días estaba trabajando ejerciendo su profesión en una importante empresa metalúrgica. 
Entonces se mudó a una pensión que regentaba un matrimonio español, ambos naturales de Galicia.
Allí pasó momentos de camaradería y buen rollo, con los otros huéspedes que — casualmente — eran todos de su misma nacionalidad.
Viviendo en esa pensión, un trágico episodio sucedió una madrugada con un compañero de cuarto, que padecía serios problemas psiquiátricos. En una amplia avenida, cercana a la pensión, fue atropellado por un coche, destrozando para siempre el sueño que éste tenía de regresar a España, para estar junto a su familia.                                                                                                   
De esta etapa, recuerda a otro paisano albañil —que allí vivía — que había trabajado durante años en la construcción de la nueva capital que se levantó en ese país allá por los años cincuenta. Le contaba este sujeto — en las tertulias —los muchísimos trabajadores que allí mal vivieron alojados en improvisados barracones, en el poblado que fuera habilitado para albergar a los mismos.                                                                                                                     
En la planta baja del edificio de la pensión había un emporio donde se vendía toda clase de alimentos.                                                                
También ese local, servía como punto de encuentro para ligar con las chicas del barrio — que allí se reunían — pasando momentos muy agradables y divertidos.                                                                                       
Pasados unos años Juan contrajo matrimonio y abandonó la pensión.
Durante su estancia en ese país, estudió por las noches el ciclo inicial y el colegial intensivamente, para poder ingresar en la Escuela Técnica Federal y obtener — después de tres años — el titulo equivalente a lo que era en España el de Perito Industrial.
Consiguió con esta formación técnica conocimientos que pondría en práctica en aquel país. Posteriormente los desarrollaría en España, cuando el destino quiso que nuestro protagonista volviera, después de estar algunos años lejos de su tierra.

                                                                     IV

En una casa particular de una ciudad del noroeste — allá por los años ochenta — coincidieron en la misma multinacional y compartieron habitación; Alfredo que había dejado a su mujer en Alemania y Juan que allí estaban recién llegados a esa ciudad, atraídos por una oferta de trabajo que le permitirían iniciar sus andaduras profesionales en España después de sus aventuras migratorias.                                                                                              
                                                                                                                                                    
En estos primeros meses de convivencia, compartieron todas las horas de ocio de que disponían — solían ir a cenar juntos — y los fines de semana iban a ver algún partido de fútbol, o frecuentaban los bares donde había música en directo.                                                                                                                      Alfredo, que entre otras virtudes tenía la de enrollarse con la primera chica que se le cruzara en el camino, más de una vez dejó a Juan hablando sólo por la calle, cuando aquel se volvía para abordar a la posible víctima de sus escarceos.                                                                                                                
Pasado un tiempo ambos se fueron distanciando. Juan había alquilado un piso — ya finalizado el curso escolar— para reunirse con su familia.
Alfredo había dejado la habitación que compartían. También alquiló un piso donde vivía con su mujer que había llegado de Alemania.
Alguna que otra vez coincidieron a la salida del trabajo. Tomando unas copas recordaban anécdotas y situaciones que habían vivido juntos. Al parecer según le cuenta a su amigo, Alfredo se había encaprichado de una prostituta. 
El hecho de no hablar alemán le impedía a Juan acceder a mejores puestos dentro de la compañía; así que ante la posibilidad de mejorar sensiblemente su status profesional, éste le comunica a su amigo la decisión que ha tomado de cambiar de empleo. Esto le llevó de nuevo a otra ciudad, donde se hospedó en una habitación de un piso particular.
En aquel trabajo Juan se encontró con un pésimo ambiente laboral y continuadas huelgas. Trabajar allí resultó ser una pesadilla para él. Después de un largo calvario al fin pudo ver la salida del túnel cuando consiguió abandonar ese empleo.                                                                                                  
                                       
                                                                       V

La vida de Alfredo también había tomado otros derroteros. Tenía más experiencia laboral y trabajaba en otra importante compañía metalúrgica.
De aquí recuerda con tristeza el accidente laboral que sufrió un joven trabajador y del cual se siente hasta el día de hoy responsable.                                       
La máquina sobre la cual el trabajador tenía que operar no estaba debidamente preparada, y él no tuvo suficiente energía para enfrentarse al dueño de la empresa e impedir que se actuara sobre ella en esas condiciones, resultando que el chico quedara atrapado y perdiera parte de dos dedos de su mano derecha.
Juan supo que el matrimonio se había separado. Habían tenido dos hijos, ganaba lo suficiente para alquilar un piso, pero tenía que mandar dinero para su familia que había regresado a Alemania.
Vivía en una habitación él solo, donde la dueña del piso le dejaba llevar a la chica que hubiera ligado ese día, para correrse una buena aventura.                                                                                                               

                                                                                                    

                                                                      VI


Después de aquella mala experiencia laboral, Juan había conseguido un nuevo empleo en el que ahora sí estaba contento. Vivía en una habitación, cuya dueña alquilaba todas las habitaciones del inmueble ya que ella vivía en otro piso por debajo de aquel, desde el cual controlaba el funcionamiento de la pensión y el buen comportamiento social de los huéspedes.                                             
                                                              

                                                                                                                        /
En esta etapa de su vida Juan se desplazaba todos los fines de semana, a la ciudad donde habían quedado su mujer e hijos viviendo hasta el final del curso escolar. Después de unos meses, Juan alquiló un piso para reunir de nuevo a su familia.                                                                                                                     
Pasado el tiempo ésta empresa fue vendida a un fuerte grupo industrial, que la trasladaría a otro pueblo de nuestra geografía.                                                                                                                    
En esta ocasión se hospedaría en el único y modesto hotel que había en ese pequeño pueblo, durante unos meses, hasta terminar el traslado.                                                                                                                       Después del arranque de la producción, cansado de tantos cambios y mudanzas y, de estar lejos de la familia, decide poner fin a su periplo por las pensiones, hoteles y casas de hospedaje. Rescindió el contrato con la compañía volviendo a reunirse con su familia.
Parecía que efectivamente se iría a estabilizar su situación. Había encontrado un buen empleo cercano a la capital y, acomodado a la familia ya no buscaría más cambios de empresas que lo llevarían de la “ceca a la meca” y a pensiones variopintas, donde muchas veces había llorado de tristeza.                                                                                                                                                                                       
                                                                                                                           

                                                                      VII    
                                                                    

Mientras tanto el espíritu inquieto de Alfredo le había llevado a otra importante ciudad de nuestro país donde estuvo ejerciendo su profesión ocupando un puesto de responsabilidad en una empresa siderúrgica.
Ya no vivía en ninguna pensión, ni tampoco en ninguna casa de huéspedes; había alquilado un bonito piso y vivía emparejado con la prostituta que un día lejano le presentara a su amigo Juan.
Durante el verano aprovechaba las vacaciones para ver a sus hijos que estaban estudiando y viviendo con su madre en Alemania.
                                           
                                                                     VIII

....Para Juan la vida laboral era estable, tenía el reconocimiento de sus jefes por el buen desarrollo de su trabajo en la empresa y la convivencia familiar era feliz y agradable. Habían pasado algunos años de aquel ir y venir de pueblo en pueblo y de trabajo en trabajo. Sus hijos estaban estudiando en la Universidad y preparándose para el futuro. En el plano económico la situación era desahogada y el matrimonio disfrutaba de paseos, viajes y vacaciones placenteras. Pero las cosas cambiaron de repente debido al mal proceder de nuestro amigo, que hacen perder la confianza que su mujer tenía en él y la excelente relación que mantenía con ella se resquebraja llegando a una ruptura que es tremendamente dolorosa para ambos.                                                                                            
                                                                                                                   
El resultado de aquella situación es que nuevamente veíamos a nuestro amigo alojado en una pequeña y cutre habitación de una pensión del pueblo donde vivían, cuya cama desvencijada e incómoda le provocaba fuertes molestias de espalda, añadido al dolor de la separación de sus hijos que le hacían las noches amargas e interminables. 
Aunque fueron pocos los meses de permanencia en aquella pensión, la añoranza de sus hijos, la soledad, y la ausencia de diálogo familiar hacían que se sintiera una persona muy desgraciada.
En aquella insoportable situación, le ayudaba a vivir, las visitas casi diarias que recibía de su hijo, que eran una alegría y un apoyo moral indescriptible para él.                                                               

                                                                                                               
 .....Reconciliado con su mujer, todo volvió a la normalidad. Los veíamos gozar de una vida más tranquila, disfrutando de las travesuras de su primer nieto.
Y así espera cerrar su paso por este mundo, deseando la felicidad para todos los suyos y pidiendo que las circunstancias de vida tan difíciles que atravesamos — en estos momentos de crisis — no obliguen a ninguno de ellos a peregrinar de pensión en pensión en busca de un utópico futuro mejor, pero desconocido y tremendamente incierto.
                                                                                                            

                                                                     IX
                                                                                     
                                                                  
                                                                                                             
Juan y Alfredo han manteniendo siempre contacto telefónico y, últimamente por WhatsApp; por eso Juan sabía que los hijos de Alfredo se habían formado y se habían emancipado.
Alfredo se había desligado de su pareja y había vuelto a vivir con su mujer que regresó de Alemania. Éste había permanecido trabajando en la misma empresa siderúrgica durante todo ese tiempo.
Parece que hubiera sentado la cabeza, y por la edad de nuestro personaje ya no tendrá necesidad de buscar trabajo, ni cerca ni lejos de los suyos, ni tendrá que compartir habitaciones con otras personas, optimistas, inestables, pesimistas, desdichadas o inmaduras.
Ahora el matrimonio tiene un par de nietos que son la alegría de toda la familia.

                                                                 
                                                                        X

....A mis amigos de este relato, les deseo todo lo mejor dedicándoles este recuerdo escrito en homenaje a todos los emigrantes que fuimos, en aquellos años difíciles de nuestra historia.


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