domingo, 17 de junio de 2018


VERANO DE 1957      (Autor: Vespasiano)               (01/10/12)                                                                  

Desde las ventanas de las aulas de la escuela, situadas en la primera planta del edificio, ya veíamos crecidas las espigas de trigo de los campos cultivados, que circundaban los muros de la escuela. Las habíamos visto crecer durante el curso escolar y moverse, sin doblegarse, cuando el viento las empujaba simulando en su movimiento las olas del mar. Después de cuatro años de estudio, esta imagen nos anunciaba el término de la formación profesional, y había que afanarse por estudiar con ahínco, pues aprobar significaría que habíamos superado el último obstáculo y que seríamos futuros profesionales, respaldados por un diploma que así lo acreditaría.

Muchos sueños se concretarían en ese verano si al final aprobaba las asignaturas teóricas y prácticas de la formación y muchas expectativas se abrían también para mí de realizar y culminar otras actividades que había iniciado durante el curso escolar.

En junio, fiesta de fin de curso, alegría en cada uno de nosotros, y en mi particularmente por haber conseguido aprobar los exámenes, solventándolos con éxito, terminando la formación en el puesto número cuatro de mi promoción.

Inauguración del edificio multifuncional que albergaba el salón de actos y la capilla. Misa solemne; discurso de los directivos de la escuela y de las autoridades provinciales; entrega de diplomas y premios a los alumnos más destacados; abrazos y enhorabuenas; visita de los familiares y amigos a las instalaciones del centro y a la exposición de los mejores trabajos realizados durante el curso escolar por los alumnos.

Pero no acabaron aquí, para mí, las actividades del verano antes de coger las vacaciones.

En este mes participé junto con otros compañeros en el Concurso de Aprendices a nivel regional. A nuestra escuela, donde ese año se desarrolló el concurso, acudieron aprendices de otras Escuelas de Formación Profesional de Andalucía. Fui el ganador de esa prueba y ello me dio opción de participar meses después en el Concurso de Aprendices a nivel nacional que se realizó en Zaragoza, a finales de diciembre de aquel mismo año, donde quedé subcampeón de España.

En el capítulo de ocio, a primeros de julio participé en el Campeonato Nacional de Atletismo Juvenil que se celebró en Alicante, una vez que meses atrás había participado en varias pruebas atléticas, representando a la Escuela, con buenos resultados. Una de ellas había sido la vuelta pedestre a Málaga donde quedé en cuarto lugar y otra realizada en las pistas de atletismo de nuestra escuela, cuando gané con un buen tiempo la prueba de 1.000 metros lisos, ya que por aquel entonces no se disputaban en España las pruebas, hoy tan conocidas, de 800 y 1.500 metros lisos.

Para ir a competir en este acontecimiento deportivo, lo primero fue recoger la ropa deportiva que iríamos a vestir durante los días que duraron los juegos. El pantalón del chándal era tan grande que tenía que colocar la cintura del mismo, debajo de las axilas y remangarme por dentro las perneras del pantalón bombacho para que se ajustara a la altura del pié. Menos mal que la sudadera, que llevaba las letras de Málaga pegadas en el pecho, tapaba semejante vestimenta.

Para la competición, un pantalón de deporte de color azul y una camiseta blanca, ambos de muy mala calidad, pero la prenda estrella sin duda, eran las alpargatas  de tela de saco  y suela de goma con las que tendría que disputar en la pista de atletismo la prueba de 1.000 metros lisos.

Por aquellos tiempos la red ferroviaria no era como ahora; el viaje desde Málaga hasta Alicante tenía una parada obligatoria en Granada. Salimos de Málaga al medio día y al atardecer llegamos a la ciudad de la Alhambra, donde pernoctamos en una pensión de mala muerte. Al día siguiente cogimos el tren que nos llevaría a Alicante; gracias a una larga parada técnica en Alcázar de San Juan pudimos pasear por los alrededores  de la estación y comprar algún dulce típico de la región, mientras se abastecía de agua la cisterna del tren.

Este tren era tan lento e incómodo que ni Alicante ni Granada querían su paternidad, los de Granada le llamaban “el alicantino” y los de Alicante le conocían como “el granadino”.

Llegamos a Alicante al anochecer y más tarde a la cárcel “Modelo”, donde nos alojaron no porque fuéramos delincuentes. Haciendo un gran alboroto a hora bien intempestiva. Llegábamos cansados; sucios; pero animados y ruidosos, perturbando el descanso de los que ya estaban allí alojados.

La cárcel “Modelo”, había sido remodelada para que sirviera de albergue a los jóvenes, del Frente de Juventudes, que se desplazaban a esa capital para reuniones y eventos, como el deportivo que por esa fechas se iba a realizar.

La estancia en Alicante, fue muy bonita, por las mañanas íbamos a disfrutar de la playa, por las tardes paseos por la ciudad o ir al cine o asistir a alguna competición deportiva, mientras  llegaba el día que nos tocara competir a los chicos de la Delegación de Málaga. Por las noches solíamos acudir a la piscina donde se desarrollaban las pruebas de natación.

Como en nuestro grupo no había ningún responsable deportivo, nosotros no nos tomamos muy en serio la competición, así que sin ningún entrenamiento regular, ni puesta a punto yo pensaba que podría repetir la buena actuación que había tenido en Málaga. La realidad me despertó de mi tremendo error.

Yo estaba verdaderamente avergonzado de salir a la pista con aquellas alpargatas. Gracias a que habiendo hecho amistad con otros chicos de otras ciudades, y habiendo comentado con ellos este asunto, uno de aquellos muchachos que calzaba un número parecido al mío, solidariamente  me prestó su zapatillas de clavos para que corriera con ellas y así evitarme de pasar ese mal trago de mi indumentaria deportiva.

Pero ni con zapatillas de clavos, ni con “botas de siete leguas”, hubiera hecho mejor papel que quedar el último en la prueba; tanto desgaste de playa y trasnochar me pasaron la factura; apenas iniciada la carrera, no pude acompañar el fuerte ritmo de los que si se habían preparado.

La vuelta para Málaga, la hicimos otra vez en los trenes lentos y sucios de la época. De esta vez el regreso desde Alicante a Granada lo hicimos de noche, con suerte de que el tren no estuviera lleno y esto nos permitió dormir acostado en los asientos o en el hueco que había para dejar las maletas en la parte superior de cada compartimento.

Llegados a Granada por la mañana temprano, pudimos conectar con el tren que iba a Málaga, donde llegamos al atardecer.

Cuando devolví la ropa deportiva que me habían dejado para esta competición, tuve que dar detalles de mi pésima actuación, con el consiguiente bochorno por mi parte.

Pero no todo fueron malas noticias, días después fuimos llamados, a la secretaría de la escuela, los chicos que habíamos cursado la especialidad de Fresador. Una empresa madrileña de ámbito nacional perteneciente al INI, estaba interesada en contratar a varios alumnos de esta escuela y de esta promoción. Para este fin, un ingeniero de esa empresa se desplazó hasta Málaga para hacer la selección, mediante pruebas teóricas y prácticas. Superé con éxito las pruebas, siendo el único de los tres seleccionados, que fui escogido para trabajar en el taller de utillaje de dicha empresa, con lo que esto significaba, para mi crecimiento profesional y el aumento de mi experiencia laboral.

A partir de aquí, se acabaron mis vacaciones de verano, había que preparar el viaje, comprar la maleta, las ropas que había de llevar para encarar mi nueva vida lejos de la familia, etc.

A mediados del mes de julio, llegué a Madrid donde por una coincidencia, mí cuñado ya trabajaba en la capital y me ayudó muchísimo, en los primeros meses de mi estancia allí.

Fui a parar en una pensión cutre, que había sido reconvertida, ya que anteriormente fue una casa de prostitución muy famosa en Madrid, conocida como “el cuartel general” en la calle San Marcos.

En la empresa fui muy bien recibido y acogido por los compañeros trabajadores de la misma, ya que la plantilla de ese taller de utillaje, eran personas mayores y excelentes profesionales, que mucho me enseñaron durante los años que trabajé allí.

De los compañeros que hicimos las pruebas, como dije, solamente tres fuimos seleccionados para trabajar en la empresa, siendo que uno de ellos protagonizó una anécdota que a veces comentábamos. Este chico era muy introvertido y muy apegado a sus raíces, muchas veces comentaba la nostalgia de la tierra, así que cuando se le acabó el salchichón que traía de Málaga, se marchó de vuelta para allá. Nunca más tuve noticias de él.

Para aprovechar el poco tiempo que quedaba del verano, los fines de semana iba a la piscina del parque sindical, donde disfrutaba de sus instalaciones deportivas; o a la playa de Madrid en el rio Manzanares.

A principios de Septiembre me matriculé en la escuela de Maestros Industriales, con la intención de continuar ampliando mis conocimientos profesionales.

¿Pero como fue posible haber llegado hasta aquí? …

Tenía que caminar, durante cuatro años seguidos, un largo trecho desde mi casa hasta la Escuela. La misma está ubicada al final de una amplia alameda repleta de eucaliptos que margina el rio, casi siempre seco, que atraviesa la capital. Al fondo de este paseo se puede ver la fachada del campo de futbol del primer equipo de la ciudad, al lado del cual está emplazada la Escuela. Por aquel entonces no había ningún edificio construido en todo su recorrido. Por las mañanas los jóvenes que allí estudiábamos, inundábamos la alameda, llegados desde  las calles adyacentes que confluían en la misma, formando una marea azul proveniente del color de nuestras vestimentas, monos y camisas azules, que era el uniforme obligatorio de la escuela, durante las horas de permanencia en el centro.

La puntualidad era una cualidad indispensable, según los educadores, para formar el espíritu responsable, de los futuros profesionales que seríamos, al término de nuestros estudios.

Al inicio de la jornada, debíamos estar formados en el campo de deportes, en grupos que correspondían a las diferentes clases y cursos que se impartían en la Escuela, para pasar lista de asistencia.

Antes, habíamos pasado por los vestuarios, para ponernos los calzones y camisetas de deporte, que era nuestra vestimenta obligatoria, a pesar del frio del invierno, para realizar la tabla de gimnasia que deberíamos desarrollar en las fiestas de fin de curso, delante de las autoridades y de nuestros familiares y amigos.

Al toque del silbato del monitor de deportes, daba comienzo el acto protocolario del canto del “Cara al Sol”, himno que cantábamos al unísono, mientras se izaba la bandera de España.

Desde lo alto de las gradas, que circundaban la pista de atletismo y el campo de futbol, nuestro monitor vigilaba y corregía cualquier movimiento erróneo, o nos enseñaba otros ejercicios nuevos, para ampliar la tabla de gimnasia, para que resultara una exhibición vistosa, el día de la demostración.

Terminado esto, nos reuníamos en grupos, independientemente del que formábamos como clase y cada uno de nosotros practicaba el deporte que más nos gustaba; unos íbamos para jugar a baloncesto, o futbol y otros a balonmano, etc. Yo me aficioné a correr y alternaba esta disciplina con la práctica del balonmano, Días alternos salíamos a entrenar por los alrededores de la escuela, que por aquellos años eran fincas sembradas de trigo, atravesadas por caminos de tierra que separaban unas fincas de otras, uno de esos caminos nos conducía a la cumbre de un monte muy conocido en la ciudad, llamado “monte coronado” por la forma de su cima.

De vuelta a la escuela, una ducha con agua fría, nos preparaba el cuerpo para ahora sí, enfrentar el día de trabajo que teníamos por delante.

Reunidos nuevamente en el campo de deportes, nos encaminábamos seguidamente para los talleres o para las clases teóricas, de las asignaturas que componían el plan de estudio.

Durante el primer año de estudio, llamado de orientación, todos los alumnos teníamos que pasar por los talleres de ajuste; soldadura; forja; electricidad; y carpintería.

En el año mil novecientos cincuenta y cuatro, concretamente el día tres de febrero, nevó en la provincia de Málaga y también en la capital, hecho inusual y para lo cual no estábamos preparado, así que los colegios no funcionaron y los chiquillos y no tan chiquillos lo tomamos como un gran día de fiesta, pues ni nuestros abuelos habían visto nunca una cosa así.

En el taller de soldadura, en este primer año, nos limitábamos a soldar con estaño chapas de hojalata, para formar los más diversos poliedros, cuyos lados debíamos de trazar previamente y después cortarlos con unas tijeras, para después unirlos adecuadamente por medio del estañado. En este taller, aprendimos a fabricar el acetileno, en un aparato llamado campana o generador. Antes había que proceder a su limpieza diaria, retirando los residuos. A seguir debíamos rellenar sus dos depósitos o cangilones con carburo de calcio; este aparato no era muy seguro y a veces se generaba una situación de alarma y peligro de explosión.

En el segundo año de práctica (denominado fundamental), en este taller, soldábamos probetas de chapa fina de acero, empleando sopletes oxiacetilénicos en los cuales se producía la mezcla del oxígeno que era suministrado en grandes botellas de acero y a las cuales se les acoplaba un manómetro de presión. El gas acetileno venía directamente de la campana generadora. Tampoco era muy seguro este sistema pues carecía de válvulas anti-retorno de la llama. La soldadura de unión entre las chapas se producía, añadiendo el acero de una varilla que fundíamos al calor de la llama y que extendíamos haciendo un cordón en toda la longitud de la probeta.

La soldadura eléctrica solo era empleada por los alumnos que habían escogido esa especialidad. Quiero resaltar aquí la buenísima preparación que estos alumnos recibían, pues casi todos los años obtenían premios en los concursos de aprendices que se celebraban a nivel nacional o internacional. Pasados los años he vuelto a tener contacto con algunos de ellos que trabajaban en importantes empresas metalúrgicas que construían grandes depósitos de acero para las centrales nucleares, donde la soldadura de unión empleada es de alta seguridad y controlada por aparatos de Rayos X, para detectar posibles pequeñas fisuras que pondrían poner en peligro la seguridad de la instalación.

En el taller de forja, nuestro primer contacto consistía en dar forma a barras de plomo, las cuales golpeábamos con un martillo, para obtener las más variadas figuras geométricas. Al año siguiente utilizábamos la fragua y forjábamos, una vez calentadas, barras de acero dándoles formas a estas, para obtener variedad de herramientas como cinceles o buriles, además de conseguir filigranas y dibujos artísticos en pletinas de acero que curvábamos o torcíamos según cada caso.  

Las clases de electricidad, nos enseñaban a manejar materiales y herramientas utilizadas en los montajes e instalaciones eléctricas. Durante el segundo año, realizábamos en tableros apropiados, pequeños trabajos de circuitos eléctricos, como la instalación de bombillas, interruptores, alarmas, timbres, etc.

La carpintería, nos permitía realizar acoplamientos de pequeñas piezas de madera, como por ejemplo el muy conocido como “cola de milano”, además de aprender a manejar las muy diversas herramientas utilizadas por los carpinteros y ebanistas, como el cepillo, el escoplo, el berbiquí, la gubia, el serrucho o el formón, herramienta peligrosa de utilizar junto con el serrucho y que a muchos de nosotros, nos costó algún que otro accidente, en forma de cortes en los dedos o en las manos.     

El jefe del taller de Ajuste, portador de un grueso bigote, era un tipo carrancudo y severo, que parecía estar a disgusto con él mismo. Además ejercía como jefe de disciplina, durante las horas de estudio obligatorio, para los alumnos que hubieran sacado malas notas. La presencia de este señor vigilando el salón comedor, donde nos reuníamos los que estábamos castigados por este motivo, imponía un respeto exagerado, a cada uno de nosotros.

Me llamaba la atención y por ello aquí lo comento, la vigilancia exhaustiva que uno de nuestros maestros de taller, concretamente el del taller de Ajuste, donde el primer año de prácticas pasábamos horas sin parar de limar, con una lima sin dientes, encima de un trozo de acero, que inicialmente era un perfil en U. El objetivo era hacer desaparecer las dos patas de la U hasta dejar solo la base, un cuadrado que debería tener sus lados perfectamente a escuadra y la superficie del cuadrado totalmente plana. Este señor se paseaba por entre las bancadas de trabajo con una regla en la mano, con la que golpeaba la madera del banco, repitiendo de vez en cuando una cantinela con voz monótona, que decía “cada mochuelooooo a su olivooooo”.

Ya en el curso siguiente, en este taller, no teníamos que sufrir con la lima sin dientes, pero para nuestro mal, ahora nos dejábamos los nudillos de la mano izquierda que sujetaba el cincel o el buril, cuando lo golpeábamos y fallábamos el golpe que con el martillo deberíamos haber asestado en la cabeza de la herramienta, para abrir por ejemplo un canal en una pieza de acero, maniobra que habíamos de realizar para ejecutar, uno de los muchos ejercicios prácticos del curso de aprendizaje.

 

Yo, que cursé la especialidad de Fresador, al tercer año de estudios dejé de pasar por el taller de Ajuste, ya que ésta era una materia complementaria a la formación principal, centrándonos ahora fundamentalmente, en el manejo de máquinas herramientas como las fresadoras; rectificadoras; limadoras; cepillos puentes; taladradoras; escoplos, etc., para ampliación de conocimientos de las máquinas que se emplean en el trabajo que diariamente se ejecuta en un taller metalúrgico. 

A media mañana, si estábamos en clases teóricas teníamos un descanso que aprovechábamos como recreo o para compartir solidariamente un trozo de bocadillo con los compañeros, que no lo llevaran, o llevásemos.

Una de las clases teóricas que más me gustaba, eran las de dibujo, para las cuales tenía una especial aptitud, por la facilidad de interpretación espacial. El dibujo lineal de láminas, con resolución de problemas geométricos, el levantamiento de croquis a mano alzada y el dibujo de perspectivas de piezas mecánicas, eran otras actividades que bien llevaba y que mucho me han servido para mi trabajo y para ampliación de estudios posteriores.

Finalizadas las clases de la mañana, llegaba la hora de la comida, que se daba en el amplio y luminoso comedor, repleto de mesas de cuatro plazas, donde cada uno de nosotros teníamos el sitio asignado desde el inicio del curso escolar.

Un pequeño receso después de la comida, daba paso nuevamente a las clases de la tarde, ya fueran teóricas o prácticas.

Nuestros profesores e instructores eran bastante rigurosos en lo relativo a la disciplina  y el orden, siendo muy exigentes además en relación a las notas obtenidas, si habían sido malas en el mes anterior, éramos castigados  con horas extras de estudio, que se llevaban a cabo después del horario normal, en el comedor de la escuela, donde permanecíamos sentados cada uno, en una mesa diferente para evitar cuchicheos y vigilados por el jefe de disciplina, que permanecía andando por los pasillos entre las mesas, dando asistencia a quien lo necesitara, para sacar adelante la asignatura que mal llevara.

La repetición de un curso por dos veces consecutivas, era motivo para la expulsión de la escuela, así como la acumulación de faltas leves o graves, hasta tres, que podían ser por retrasos y falta de asistencia o por motivos disciplinarios.

Por aquellos años, los sábados también eran días laborables, y al término de las clases, ese día, reunidos en la nave central de los talleres, amplia y diáfana por no haber ninguna máquina instalada en ella, y cuando aún no se había construido el auditorio multifuncional, que albergaba también la capilla, rezábamos el rosario en dicha nave, todos los alumnos apiñados y de pie.  Llegado el momento de la letanía, muchos de nosotros decíamos “un automóvil” en lugar de “ORA PRO NOBIS”, a veces el soniquete de la cantinela “del automóvil” era tan perceptible, que más de una vez el capellán, viniendo desde atrás nos sorprendía y nos castigaba con algún trabajo extra, o nos ponía una falta de disciplina.

En dicha nave central y oficiada por el capellán de la escuela, asistíamos también obligatoriamente, durante todo el curso escolar, a la misa dominical.

Uno de esos domingos, lluvioso por añadidura; debido a una avería en el suministro eléctrico, un buen compañero de clase que cursaba la especialidad de Electricidad, fue designado para reparar dicha avería antes de dar inicio al culto religioso. Con tan mala fortuna, que por motivos que desconozco, murió electrocutado. Este compañero y yo, en las clases teóricas comunes a cada especialidad, siempre ocupamos mesas contiguas durante casi cuatro años y manteníamos una estrecha relación de amistad y compañerismo, incluso antes de entrar en la escuela. También se llamaba Luis. Su muerte me conmocionó profundamente, pues éramos muy buenos amigos.

Esta nave central de los talleres, también cumplía la función de recogernos en ella los días de lluvia, cuando no podíamos realizar la tabla de gimnasia en el campo de deportes.

Con relación a esta coyuntura de la lluvia, fui protagonista de una situación desafortunada, la cual aún recuerdo con tristeza, ese día llovía con fuerza y al entrar en la alameda que lleva a la escuela, no había el gentío habitual de los alumnos que diariamente caminábamos hacia la escuela, con lo cual pensé que era todavía muy temprano. Entrado en el recinto de la escuela, y ya dentro del edificio principal, al llegar a la altura de los vestuarios, que se encontraban justo enfrente a la puerta de entrada del edificio, me di cuenta de mi error, al escuchar el fuerte murmullo de los alumnos que ya se encontraban agrupados en la nave central resguardados de la lluvia. Estando atravesando el amplio corredor, antes de poder traspasar la puerta del vestuario, el monitor de deportes me vio a lo lejos y me pitó con su famoso silbato, para que me diera cuenta que me había visto llegar tarde, yo un poco asustado al saber que me iban a poner una falta de puntualidad por ese motivo, arranqué a correr hacía fuera del edificio, con la idea de rodearlo y entrar, por la puerta del taller de Automovilismo, que estaba al fondo, en la fachada lateral del edificio y que siempre estaba abierta de par en par, pero el monitor vino corriendo detrás de mí, pitando incesantemente para que me parara y me identificase, pero yo hacía caso omiso y cuanto más el pitaba, yo más corría. En el trayecto acabé arrastrando a otro compañero que también llegaba tarde y que se unió a mi carrera, para así librarse de la falta de puntualidad.

Pero cual no fue nuestra sorpresa, cuando nos dimos de bruce con las puertas del taller de Automovilismo, que ese día si estaban cerradas a cal y canto, para nuestra mala suerte.

El monitor nos alcanzó y al vernos parados e impotentes, pues no había otra salida por allí, descargó toda su rabia en nosotros, por haberle hecho correr y no obedecerle, y tal como venía nos propinó una tremenda bofetada a cada uno de nosotros, que aún recuerdo, reviviendo la prepotencia de los jefes y encargados de mantener el orden y la disciplina. Con ponernos la falta de puntualidad o desobediencia, hubiera sido suficiente, sin llegar a la agresión física.

Un día primero de mayo del año mil novecientos cincuenta y seis, (en aquellos años ese día no se celebraba en España dado el carácter reivindicativo y proletario de esa festividad) los alumnos de la escuela, recibimos la anunciada visita del Generalísimo, cuyo nombre lo llevaba la escuela, escrito con grandes letras en la fachada principal: “Institución Sindical de Formación Profesional Francisco Franco”.

El paseo, que el General hizo por los talleres de la escuela, fue visto y no visto, sin interesarse por lo que hacíamos, ni dirigirse a ninguno de nosotros, que previamente habíamos recibido instrucciones de los responsables de la escuela, para no levantar la vista ni dejar de prestar atención a nuestro trabajo, así que no recuerdo ni la vestimenta que llevaba para esta ocasión, ni si iba con ropa civil o militar.

Después de esa visita a los talleres, el general pronunció en el campo de deportes de la Escuela, un discurso al cual asistieron miles de falangistas. En ese viaje del Caudillo a la ciudad de Málaga inauguró el Hospital Carlos Haya y la nueva Casa de la Cultura ya que la anterior que había prácticamente en el mismo lugar, había sido demolida para acceder a las excavaciones del Teatro Romano recién descubierto.

Al término de la jornada diaria, debido a la ayuda que España recibía de los EE.UU. nos daban al que quería recibirlo, un trozo de queso y un vaso de leche en polvo, para combatir la escasez de comida que había por aquellos años. Ambos, queso y leche, tenían un sabor extraño para nuestro paladar.

Al atardecer nuevamente se llenaba de vestimentas azules de los muchachos que volvíamos para casa, la alameda o paseo llamado de Martirícos, por haber sido lugar de ejecución de Santa Paula y San Ciriaco patronos de la ciudad de Málaga.

Llegados a casa, si no estabas castigado con horas extras de estudio en la escuela, era necesario repasar las asignaturas del día siguiente, mientras mi madre preparaba la cena para todos los hermanos.

La escucha de la radio en familia diariamente después de la cena, era práctica habitual y motivo de reunión familiar y de unión entre todos los miembros de la casa.

Más tarde nos íbamos para la cama a descansar, para poder enfrentar el próximo día de trabajo de cada uno de nosotros.

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jueves, 15 de marzo de 2018


Volver a las corralas                            (15/07/14)                                                  

Autor  Vespasiano

Cuando era pequeño, en plena post guerra civil y posteriormente en aquellos años del bloqueo internacional; del hambre y del racionamiento, yo entraba en aquellos guetos llamados “corralones”.

Mi tío, maestro de obras, dedicado a la restauración y reformas de casas y edificios, con el paso del tiempo había comprado algunas de estas propiedades que estaban en muy malas condiciones de habitabilidad y donde vivían un sinfín de familias. Cada una de estas vivía en apenas una habitación que también comportaba la cocina.

Los inquilinos tenían en el patio interior del edificio en cuestión apenas un retrete para uso comunitario. También había en ese patio unos lebrillos para uso de todos los vecinos para hacer la colada; vecinos que tenían que turnarse, dando muchas veces lugar a disputas entre ellos por el mal uso de los mismos o por abusos. 

Este tío mío, siempre hablaba mal de los inquilinos que continuamente le demandaban arreglos en las viviendas o desatascos, reclamando que las rentas que recibía por estos alquileres no cubría los gastos que suponían tales arreglos.

Subirles la renta que pagaban era una misión imposible, pues aparte que en aquellos años el trabajo era escaso y precario y los salarios eran miserables para este colectivo que mal vivía, el gobierno protegía y mantenía sin aumentos los alquileres antiguos.

El objetivo de este tío mío era conseguir que poco a poco estos inquilinos se fueran marchando para después construir en el solar algunas viviendas decentes para venderlas.

Esta tarea era lenta y difícil de conseguir pues las gentes que vivían en esas habitaciones estaban allí porque sus ingresos no le permitían acceder a otro tipo de viviendas con mejores condiciones de higiene y comodidad.

Pasaron algunos años para que la gente humilde consiguiera tener una vivienda. Primero fueron las viviendas protegidas que el gobierno de la época construyó para distribuirlas principalmente entre la gente afín al régimen y para los militares.

 

Posteriormente por causa de la emigración que muchísimo españoles emprendieron allá por los años cincuenta y sesenta y gracias al envío de divisas desde el país donde cada uno de ellos se fue a trabajar, la compra de viviendas se fue haciendo posible. Posteriormente se crearon cooperativas que gracias al capital aportado por cada uno de los socios iniciaron la construcción de nuevas viviendas haciendo posible el acceso a ellas por parte de las clases trabajadoras que poco a poco iban consiguiendo mejores salarios, principalmente los trabajadores de la construcción gracias al trabajo a destajo.

La vida continuaba, habían pasado más de treinta años desde entonces, y el trabajador podía comprar un piso, pues el importe de las letras que había que pagar por él, podían ser descontadas del sueldo que éste ganaba sin grave perjuicio para su economía, teniendo en cuenta que sin casa propia tenían que pagar el alquiler de un piso y estos eran caros y escaseaban. El tener un contrato indefinido le daba al trabajador la seguridad de poder embarcarse en esa aventura de tener una vivienda en propiedad.

A conseguir este logro ayudó la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, que en muchos casos hacía posible el pago de estas letras gracias al sueldo que ambos conyugues aportaban a la unidad familiar.

Con el paso de los años y el advenimiento de la Democracia nuestro país había ido creciendo tornándose una nación puntera, los trabajadores habían conseguido, a través de los sindicatos, tener una fuerza colectiva que tenía peso para negociar ante los empresarios, condiciones más favorables de sueldo y de jornadas laborales. Así se fueron consiguiendo por medio de los convenios colectivos de los diferentes gremios, aumentos anuales de los salarios para contrarrestar el aumento del coste de la vida.

Después, por el año dos mil y sucesivos la burbuja inmobiliaria llega a su auge, los constructores ávido de ganar dinero, junto con los bancos, dan las máximas ventajas a los posibles compradores que teniendo un trabajo se lanzan a la compra de un inmueble, pues esta operación es más rentable que pagar un alquiler y de alguna manera supone un ahorro para ellos.

Pero hay otro empresariado que no gana tanto dinero o no está enriqueciéndose a la misma velocidad ni en la misma proporción que estos ávidos constructores.

Este empresariado ve que año tras año los trabajadores, debido a los convenios colectivos, van consiguiendo mejoras salariales y beneficios sociales que ellos tienen que sufragar en parte; como son las cotizaciones a la Seguridad Social: el Fondo de Garantía; el Seguro Desempleo; las indemnizaciones por despido, etc.

En los últimos años los salarios más comunes de la inmensa mayoría se acercaban a los mil euros, y con ello era difícil hacer frente al pago de una hipoteca y todos los impuestos que esto conlleva, además de hacer frente a los gastos de alimentación, vestuario, educación etc. Muchas parejas jóvenes podían conseguirlo aportando el salario de ambos. Así que muchos se embarcaron en esta aventura de hipotecarse para el resto de sus vidas.   

Pero la clase empresarial tenía como objetivo principal acabar con estos privilegios y con el estado de bienestar. Primeramente había que aparcar los convenios colectivos; había que eliminar las pagas extraordinarias en los nuevos contratos y conseguir que los despidos fueran libres, o disminuir las indemnizaciones por este concepto a los que ya tenían contratos indefinidos; había que quitarle fuerza al trabajador, había que desmantelar los sindicatos desacreditándolos, (aunque estos han puesto mucho de su parte para desacreditarse a sí mismo). Había que aprovechar la coyuntura de la crisis global, provocada por los bancos y por los mercados, despidiendo con la excusa de la crisis al mayor número posible de trabajadores, así podrían contratar por menos precio a todos los que necesitaran conforme se fuera reactivando la economía.

Con la cantinela de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y que había que reducir la deuda pública, se despedían a funcionarios, se recortaban recursos y prestaciones para la ciudadanía, se bajaban los salarios.

Muchos de los jóvenes afectados por la crisis tenían que abandonar su proyecto de independizarse, quedándose a vivir en la casa de sus padres.

Aquellos que habían perdido su trabajo han tenido que renunciar a su vivienda al no poder hacer frente al pago de las letras. Algunos han vuelto a vivir con su pareja y con sus hijos en el hogar familiar.

En familias donde hay más hermanos la situación en la vivienda ahora es parecida a la que vivían aquellos inquilinos de las corralas.

En muchos casos la paga del patriarca ya aposentado, tiene que sufragar los gastos de toda la familia que ha crecido.  

La situación que se vivía en los años que cito al principio de este relato era muy diferente a la actual, se venía de una guerra civil y de miseria, el país estaba destrozado, y el colectivo de trabajadores era en su mayoría analfabeto, sin ninguna formación.

Ahora hay muchísima de esta gente que está sin un proyecto de vida independiente, que tiene estudios incluso universitarios o de formación profesional, que se han ganado la vida decentemente durante años y que ahora por causa de la crisis y de la falta de trabajo se ven obligados a aparcar sus ilusiones o a emigrar en busca de un futuro mejor como ya hicieran antaño sus padres o abuelos.

Si esta dura realidad de la emigración no les convence, la salida es volver a vivir con sus padres tornando el hogar familiar en una corrala moderna, donde ahora el retrete está dentro de la vivienda pero para usarlo es necesario guardar cola y los lebrillos han sido sustituidos por la lavadora; rezando para que la misma no se rompa pues el presupuesto familiar no da para comprar una nueva.

Pero cuando nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, quieran formar una familia independiente ¿a dónde irán a vivir? ¡Si los sueldos que se van a pagar gracias a las reformas laborales y los mini jobs, serán del orden de setecientos euros! ¡Y el precio del alquiler de un piso ya casi excede esa cantidad!

¿Se conformarán con compartir piso con otras parejas? ¿O vivirán como antaño lo hacían familias de cuatro miembros en una sola habitación alquilada en un piso compartido, con derecho a utilizar la cocina?

¿Hacia dónde caminamos? ¿Qué gobierno honrado puede permitir que esta situación prospere y no dimita avergonzado de su poca sensibilidad e ineficacia?

¿Cómo pueden dar por buena una situación que a la vista está, es tremendamente injusta y antisocial? ¿Cómo pueden estos gobernantes dormir tranquilos?   
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MI PRIMER TRABAJO EN MADRID

Autor   Vespasiano                                         

El viaje desde Málaga lo hicimos en el tren los tres compañeros de la escuela de formación, que teníamos la misma profesión y que habíamos sido contratados para trabajar en aquella fábrica.

Para poder viajar a Madrid tuve que llevar conmigo una autorización de mi madre (tenía tan solo quince años), ya que era normal en la época que la policía pidiera la documentación dentro del tren y durante el trayecto a todos los viajeros.

Llegados a la capital, fuimos a parar a una pensión en la calle San Marcos. A un edificio reformado que anteriormente había sido un famoso burdel conocido como “el cuartel general”.

Por entonces Villaverde era un pequeño pueblo industrial de la periferia de la capital. Allí estaba ubicada la fábrica en la que teníamos que presentarnos al día siguiente, en el edificio principal de la empresa. Aquella mañana mis nervios estaban a flor de piel, pues como era lógico desconocía la rutina del día a día dentro de una fábrica. También sentía curiosidad por conocer la máquina en la que tendría que operar; el tipo de trabajo a realizar y las dificultades que encontraría para alcanzar el nivel que la empresa me exigiría.

Después de la identificación, tuvimos que esperar en el Departamento de Personal, para firmar el contrato. Acabados estos trámites iniciales, fuimos a los vestuarios, donde cambiamos la ropa de calle, por el sufrido mono azul.  

El trabajo que tendría que realizar era muy variado, al tratarse de un taller de utillaje y no de un taller de producción, donde la labor es repetitiva.  

En el taller todas las operaciones tenían que realizarse dentro de un tiempo preestablecido. Este requisito me trajo por la calle de la amargura durante mucho tiempo, ya que no conseguía realizar la tarea en menos tiempo del estipulado y como consecuencia no conseguía ganar ningún dinero en concepto de prima. Solo sacaba el jornal pelado.

El traslado diario de Madrid hasta la planta, lo realizábamos en un tren que partiendo de la estación de Atocha transportaba operarios de las fábricas instaladas en Villaverde Bajo y Getafe. Para viajar en este tren, sin pagar el billete, la empresa nos facilitaba mensualmente una tarjeta individual que teníamos que presentar a cualquier revisor o factor, empleado de Renfe, que lo demandase.

El tren en el que íbamos, para no tener no tenía ni luz ni calefacción, los vagones tenían los asientos de madera pegados a los laterales del vagón y en otra fila central con asientos a ambos lados, donde viajábamos pegaditos unos con otros, arropados para mitigar el frio y el aire que se colaba por las rendijas que había entre el cristal de la ventanilla y el marco de la misma.

Cuando llegó diciembre de mil novecientos cincuenta y siete, con permiso de la empresa, fui a Zaragoza para competir en el Concurso de Aprendices a nivel nacional, para representar a mi Escuela de Formación, ya que había ganado en el mes de junio, el concurso en Andalucía.

Los primeros meses en la empresa pasaron muy deprisa, quizá porque el maestro del taller estaba de baja por enfermedad y por consiguiente no venía a trabajar.

Cuando este hizo acto de presencia , no debía de hacerle mucha gracia, que yo no alcanzara los topes, o no sé que era, pero yo no le caía muy bien.

El control que ejercía sobre mí era exagerado. En una ocasión, trabajando en una fresadora de muy superior potencia a la que yo estaba habituado, y que sí era totalmente automática; al accionar un movimiento de acercamiento rápido de la herramienta hacía la pieza a mecanizar, no controlé bien distancia y velocidad, dando como resultado que la fresa chocara violentamente contra la pieza, provocando la rotura de la herramienta. Ni que decir tiene que el premio fue, dos días suspendido de empleo y sueldo.      

Durante dos años estuve como oficial de tercera y mi máquina durante ese tiempo, fue una pequeña fresadora no totalmente automática que se accionaba desde el motor por medio de una correa de cuero. Solo la mesa o bancada principal tenía la posibilidad de avanzar y retroceder automáticamente. Así que entre los paros por rotura de la correa de cuero; la poca potencia de la máquina; su falta de automatismos y a mí todavía poca experiencia profesional, no conseguía acabar los trabajos antes del tiempo previsto.

Contrastando con esta actitud del maestro del taller, yo recibía toda la ayuda necesaria de mis compañeros de profesión. En más de una ocasión me dieron el material necesario, para repetir el trabajo que había estropeado, por colarme en las medidas de la pieza que siempre eran de una precisión elevada al tratarse de matrices y machos que debían de ajustar perfectamente.

Justo detrás de mi máquina estaba la que operaba el hijo del maestro, que tan malos ratos me hacía pasar. Mi relación con él era muy superficial, limitándome a mantener con él una política de buena vecindad, pero sin llegar a más. Además recuerdo no sin envidia los sábados, día de cobro, cuando este señor oficial de primera, me enseñaba su sobre donde se reflejaba el dinero conseguido como prima, por la ejecución de los trabajos realizados en un tiempo inferior al establecido y por “los puntos” que cobraba por los hijos que tenía.

Nosotros comíamos diariamente dentro de la fábrica, en los comedores que había para uso de los trabajadores.  

Desde el primer momento que pasé por el comedor, una chica de las que preparaban y limpiaban las mesas, muy bonita y quizá un poco mayor de la edad que aparentaba, me gustó mucho. Esto se debía de notar demasiado, porque a partir de aquí los compañeros me ponían en un aprieto achuchándome para que le tirara los tejos a la muchacha, haciendo que me ruborizara en su presencia.

Aunque me gustaba mucho, mucho me costó también en tiempo y coraje, decidirme a pedirle para salir; pero me dio calabazas, ya que ella era mayor que yo, que a la sazón tenía la friolera de quince cándidos añitos.

La comida la teníamos que coger de los mostradores donde estaban expuestas y llevarlas hasta la mesa donde comíamos. Un hecho que pasado el tiempo me llama la atención, era que vendían para consumo durante las comidas, bebidas alcohólicas. Pues choca frontalmente con cualquier concepto de seguridad en el trabajo.

También debo decir que la calidad de la comida me parecía excelente, volviendo a mi memoria las albóndigas y las patatas fritas, que tanto me gustaban.

El precio de la comida era muy barato en comparación con el que pagaba en un restaurante económico de la calle Pelayo, donde acudía diariamente a cenar y los domingos a comer. Casi siempre, en aquel restaurante, las mesas estaban ocupadas pero por entonces era habitual compartir la mesa con otros comensales aunque no los conociera. De esta forma acabé congeniando con algunos de ellos hasta formar un grupo muy unido que pasábamos horas frecuentando una cafetería del entorno, donde jugábamos animadas partidas de dados los fines de semana.

Pasado el tiempo me fijé en otra chica que trabajaba en la empresa, en alguna línea de montaje, no sé cuál, porque yo solo la veía en el tren a la salida del trabajo. Esta chica no era más bonita que la del comedor, pero sí tenía un cuerpo mejor formado que aquella, donde realzaba un bonito trasero y unos pechos no grandes pero que yo imaginaba muy firmes.

Nunca me hizo caso, ni en broma ni en serio, a pesar de haber ido con ella a excursiones por la sierra de Madrid; a guateques; a bailes en salones; a cumpleaños. Pero yo no desistía pues la chica me ponía, pero a ella le debía de poner otro, según confidencias que me hacían sus amigas cuando les pedía que ejercieran de Melibéa, para interceder por mí en su conquista. Así que éste fue mi segundo fracaso amoroso, no me comía ni una rosca, probablemente por mi edad, aunque por entonces ya debía tener unos diecisiete años.

La empresa patrocinaba un equipo de futbol que militaba en la tercera división y durante el primer año que allí trabajé, decidió crear un equipo juvenil para que sirviera de cantera al primer equipo. Así que ni corto ni perezoso me apunté, matando dos pájaros de un tiro; primero porque me gustaba jugar y segundo porque así me quitaba durante dos horas y dos días a la semana, de tener que aguantar al dichoso maestro del taller.

Por aquellos años, la Iglesia Católica, ejercía un fuerte poder dentro de la estructura del Estado, así que de vez en cuando, organizaban charlas dentro de las empresas metalúrgicas, que paraban su actividad industrial durante una hora o más, para que los obreros oyéramos los mensajes con los que pretendían catequizarnos.

Como yo no perdía ocasión de escaquearme del taller, a la menor oportunidad que surgiera, me apunté a unos ejercicios espirituales, muy de moda en la época, que se desarrollarían en la provincia de Segovia. Junto con otro compañero del taller, fuimos para allá con la sana intención de pasárnoslo bien. Como dice el refrán: “Dios los cría y ellos se juntan”. Pero a punto estuvimos de que nos expulsaran cuando, en horas de pasear meditando, nos sorprendieron contando chistes agazapados detrás de unos setos del jardín.

Volviendo a la actitud persecutoria de aquel maestro de taller, recuerdo aquella ocasión en que nos reunimos en los lavabos del taller, los jóvenes que allí trabajábamos, para ver los discos que iríamos a poner en el guateque, que normalmente solíamos hacer, y comentar lo bien que lo iríamos a pasar el domingo, (pues en aquellos años los sábados eran días laborables). Estando revisando los discos y canturreando algunas letras de las canciones que contenían, el buen hombre irrumpió en los lavabos, y ni corto ni perezoso, levantó acta de la situación y nos sancionó a cada uno de los que allí estábamos, con un día de empleo y sueldo.

En uno de esos domingos de baile, conocí a una chica, que sí me hizo caso a pesar de no ser yo un consumado bailarín; con ella estuve saliendo durante algún tiempo hasta que volví para Málaga, con la idea de emigrar a cualquier país de Europa.

Pero esa es otra historia que contaré en otro momento.
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sábado, 10 de marzo de 2018


LIBERACIÓN

El marinero no subió al barco aquella tarde de abril de mil novecientos sesenta y cuatro. La Armada lo dio por desertor. Su familia emitió una nota necrológica: “El Guardia Marina Manuel Moreno Martínez ha resultado muerto como consecuencia de un atraco, cuando paseaba por un barrio marginal de Rio de Janeiro”.

Su padre, era Contralmirante de la Armada y había capitaneado el crucero pesado Canarias durante la guerra civil española. 

Manuel, que había nacido en el año mil novecientos treinta y ocho en la ciudad de Cuenca, era el único hijo de una familia burguesa y no había visto el mar en su vida.

Él no sabía muy bien lo que era ser marinero. Lo que a él le gustaba era jugar con un barco que le había traído su padre, y que flotaba en el lavadero de la ropa, cuando de allí salía mojado hasta las cejas después de recibir la bronca de casi todos los moradores de aquella casa.

«¡Manolito, para ya de tirar el agua al suelo!». Le increpaba cada día la asistenta de la casa.

«¡Manolito, te vas a resfriar!». Le regañaba la abuela, siempre pendiente de su delicada salud.

«¡Si es que lo lleva en la sangre! Manolito será marino como su padre», decía su madre llena de orgullo.

Cuando cumplió doce años, le regalaron un álbum con cromos de barcos de guerra. El chico, sorprendido al ver la cantidad de buques que tenían los Estados Unidos, preguntó:

—¿Papá, porqué los españoles no tenemos ningún portaaviones?

—¡Porque no nos hizo falta para ganar la guerra civil, hijo! Recuerda que con nuestras carabelas fuimos capaces de forjar un imperio.  —Le respondió, lleno de soberbia.

Manolito ya había terminado sus estudios de bachillerato con excelentes notas.  Él tenía asumido, desde muy pequeño, que seguiría con obediencia el camino que le dictaran sus padres.

Pero en su fuero interno prefería ir a una Universidad; estudiar una carrera civil que le proporcionara los medios para ganarse la vida y poder formalizar la relación que mantenía con una chica del Opus Dei.

Aún le quedaban un par de años para cumplir la edad de ingresar en la Escuela Naval de Marín; por eso pidió permiso a sus padres para estudiar, por aquél entonces, en la Universidad Central de San Bernardo, mientras tanto, la carrera de Derecho. Les prometió que entraría en la Escuela Naval, pero que le gustaría, pasado un tiempo, terminar la carrera de Letrado.  

En aquella Facultad hizo amistad con un grupo de estudiantes que estaban organizando un Congreso Nacional, para contrarrestar al Sindicato Español Universitario que estaba impuesto por el régimen y que aglutinaba obligatoriamente a todos los estudiantes.

A pesar de la censura permanente en el país, de editoriales y medios de difusión (ya que solo funcionaban periódicos afines a la ideología del régimen dictatorial), llegó hasta sus manos información clandestina de la lucha soterrada de los estudiantes y trabajadores, para derrocar el régimen fascista.

Fue así como se enteró de que aquellas campañas gloriosas de la carrera militar de su padre, incluía el bombardeo de miles de civiles indefensos en la antigua carretera de la costa, que unía las ciudades de Málaga y Almería, cuando huían despavoridos de las tropas golpistas que comandaba el general Queipo de Llano, que había hecho pública a través de la radio la siguiente proclama:

“Nuestros valientes Legionarios y Regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen.

Mañana vamos a tomar Peñaflor. Vayan las mujeres de los «rojos» preparando sus mantones de luto.

Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad”.

Así que no tuvo el menor reparo en participar, junto con otros compañeros demócratas y reformistas, en una manifestación en contra de los partidarios del sindicato fascista (SEU) cuando se disponían a rendir un homenaje, con misa incluida, al falangista Matias Montero. Durante esa manifestación se produjeron actos violentos y agresiones por ambos bandos, resultando herido de bala un joven de dieciocho años.

La Policía Armada disolvió a mamporros la pelea y apresó a los líderes de ambos grupos.

Gracias a la influencia de su padre junto al gobierno, él quedó libre junto con otros compañeros de estar involucrado en esos hechos; que aunque parezca increíble eran también hijos de personalidades relevantes del régimen. La vista de la causa nunca se celebró, ya que, el mismo día en que dio comienzo, el fiscal retiró la acusación.

Manuel ya había completado los estudios en la Escuela Naval, a pesar de la dificultad que tuvo durante toda la carrera para superar las pruebas físicas y el vértigo que le suponía subir trepando por los mástiles.   

Aquella mañana de marzo, estaba en el puerto de Cádiz dispuesto a emprender un crucero de instrucción en el Buque Escuela Juan Sebastián Elcano, para obtener el certificado de Alférez de Fragata.

A la altura de las Islas Canarias, se presentó un temporal increíble con vientos huracanados de más de ciento cincuenta kilómetros por hora, que inutilizó el moco del bauprés.

El bergantín-goleta se vio obligado entonces a realizar una escala técnica, en el puerto de Rio de Janeiro.

Allí le dieron a los Guardias Marinas algunos días de permiso, mientras reparaban los destrozos causados por la tormenta, antes de continuar la singladura prevista para alcanzar el Cabo de Hornos.

La había mirado cuando paseaba por la playa de Copacabana. Ella se había fijado en el uniforme impoluto que vestía aquel chico con pinta de galán. Él no recuerda haber visto, ni en el cine, un cuerpo cómo aquel. La miraba embobado mientras ella le sonreía de forma picarona, como invitándole a pasear juntos por aquella avenida tan famosa.

Habían pasado cuatro días desde aquel encuentro y no recordaba haber visto atravesar, la proa del velero, mar tan bravío como él había sentido al desafiar la tempestad de los movimientos de cadera de Silvia.

—Manolo, ¡para de follar que se nos va el navío!  —le gritó su compañero de promoción.

—¡A la mierda el barco y la Marina! No quiero ver a mi padre ni a la mojigata de mi novia, que nunca me hará una mamada, a no ser que Escrivá de Balaguer cambie los Estatutos del Opus Dei.

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El poeta

Estoy jubilada y hoy aguardo ansiosa que vuelva Edilson como ganador del Premio Nacional de Poesía “Jorge Amado”, en la capital de mi país

Hace tiempo que mi familia la forman Edilson, un joven cariñoso que conocí hace algunos años en Pontal de Maracaipe y su madre, una mujer de agradable trato. Me gusta recordar nuestro primer encuentro…

—¡Cuidado! No se vaya a meter en el agua por este lado de la playa —me dijo el niño visiblemente preocupado.

El pequeño tenía la cara más inocente del mundo.

—¿Por qué? Si la playa parece rasa —le contesté.

—¡Porque es peligrosa! ¡Esto es el mar, señora!

Fue ahí cuando reparé en su vestimenta. Sus pantalones cortos debían de haber sido de un muchacho más grande que él. La cintura del mismo, que amarraba con una cuerda, para que no se le cayera, le daba vuelta y media a su delgada figura.

Sus pies estaban descalzos y no porque anduviera por la arena de la playa.

—¿Y dónde debo bañarme entonces? —le pregunté.

—Más allá, después del espigón. Donde están aquellas rocas.

Miré hacia el punto donde me señalaba, distante de nosotros.

Él me acompañó solícito, caminando por la arena.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—¡No me llaman por mi nombre! Todos me conocen como “el poeta”.

—¿Escribes versos?

—¡Si, señora!

—¿Y dónde has aprendido, con lo pequeño que eres?

—Mirando las cosas bonitas y pensando en ellas.

—¿Me puedes decir alguno?

—¡Si, claro! Este lo he inventado esta mañana:

«Las caracolas del fondo de la bahía,

Sueñan con los corales de noche y día».

—¡Qué lindo!

 

Al llegar a la altura de la barrera de corales, me dijo:

ؙؙ—Puede usted parar por aquí. Este sitio es mucho mejor y está libre de piedras que le puedan hacer daño. Además, ahí enfrente, al otro lado de la calle está el “Restaurante do Galo”, donde puede comer muy bien y muy barato.

Enseguida comprendí que el motivo del traslado se debía a la necesidad que tenía de llevar, hacia ese lugar concreto, a todo aquel turista que por aquella playa extensa y casi desierta caminara.

Mi sospecha se confirmó cuando un camarero del local, se ofreció:

—¡Señora! Si le apetece descansar, le puedo sacar una silla y una mesa y se la planto en la misma orilla de la playa. Si quiere le puedo servir algún aperitivo; una cerveza fresquita, o un coco verde para que disfrute de su agua. Le dejo la carta para que vea los platos que le podemos preparar.

El chico se despidió de nosotros, no sin antes dedicarme una cándida sonrisa, y se alejó en busca de algún otro turista.  

—Adiós “poeta”, hasta luego. —Le dijo el mozo.

—¡Que chiquillo más encantador! —dije a modo de comentario.

—¡Sí que es un buen chico!  Y es raro que se mantenga así en medio de tantos críos desarraigados. La mayoría de ellos, sin formación, se dedican a engañar o a robar a los turistas.

 

A la hora de comer, en una mesa apartada en un rincón del restaurante, vi cómo le servían unos pescaditos fritos.

Yo estaba interesada en saber algo más acerca de aquel chiquillo. Así que entablé conversación con el dueño del local.

—¿Cómo se llama ese chico que me ha traído hasta aquí?

—Es Edilson, “el poeta”.

—¿Y cuándo acude a la escuela?

—¡Nunca! Yo le he enseñado lo poco que sabe. Mire —dijo mostrándome una hoja manuscrita—, lo que es capaz de escribir:

 

«Soy limpio de corazón

Amo a mi tierra querida

¡Que no me saquen de aquí!

O me arrancarían la vida».

—¡Conmovedor!  —exclamé.

—¿Y no tiene familia? ¿Y su madre? —insistí.

—¡Sí que tiene! Pero no le prestan mucha atención. El padre es un bala perdida; tiene dos o tres mujeres y no está comprometido con ninguna. La madre no es mala persona, tiene que buscarse la vida como sea, aunque a veces ni le pagan. Pasa días fuera del chamizo donde mal viven.

Hizo una pausa para continuar diciendo:

—El chaval se gana unos cuartos, para ayudar a su madre, llevando a los turistas a las posadas que hay por el pueblo, y yo le doy de comer aunque no me traiga ningún cliente. ¡Es que a un niño así hay que quererlo!

—¡”Poeta”, llévame a la mejor posada que haya por aquí! —le pedí al termino de mi charla con el dueño del local.

Por el camino Edilson me contaba:

«Mi pueblo es como un rebaño de ovejas que camina en busca de un prado donde abunde la comida, pero nunca lo encontrará. Por aquí es todo seco, hay dunas maravillosas pero la lluvia escasea».

Llegábamos a la posada “Vila do Porto”, cuando de repente surgió de una esquina un chico mal encarado que dirigiéndose “al poeta” le recriminó:

— ¡Oye chaval, ya te he dicho que esta zona del pueblo me pertenece! Por aquí solo trabajo yo. Así que lárgate si no quieres que te pegue una paliza. ¡Como el dueño te dé una propina, prepárate que te la voy a quitar a porrazos!

—¡Porrazo te voy a dar yo a ti!  —Dije enfrentándome furiosa al muchacho—  ¡Como no te vayas de aquí ahora mismo! 

En aquel momento decidí que tenía que ayudar a aquel chico y a su madre como fuera.

Unos años después de aquel encuentro, un día, al regreso de la escuela me dijo:

—Tita, estoy enamorado.

—¡Sí! ¿De quién?   —le pregunté curiosa.

—¡De una niña preciosa! Mira lo que le he escrito:

«Qué cansado estoy de esta insoportable distancia entre nosotros

Cómo añoro el sonar de la campana del recreo para mirarte

¿Ya no te acuerdas de mí? ¿Has crecido olvidándome?

Dime que no estoy escribiendo al abismo

¡O eso será en lo que se convierta mi corazón!».

 

…¡Ha pasado ya tanto tiempo de aquello!

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