lunes, 16 de enero de 2017





Visita anhelada


Se giró al escuchar el grito que profirió una mujer que le seguía lentamente dentro del Museo Vaticano. No consiguió sujetarla a tiempo cuando percibió en su rostro una lividez inusual, propia de la persona que va a sufrir una lipotimia.


La mujer no llegó a desplomarse totalmente debido a la cantidad de gente que la rodeaba. Su cuerpo se apoyó inconsciente en el hombro de una chica… 


Aquella mañana no había comenzado muy bien para el reducido grupo de turistas que se encontraba en la puerta de una Agencia de Turismo próxima a la Plaza de San Pedro.


La persona responsable, les comunicó que la guía de habla española que les iba a acompañar se encontraba indispuesta.


Pasaron unos minutos que se hicieron interminables. Entonces, para ganar tiempo, un empleado del establecimiento decidió llevarles caminando hasta la entrada del Museo, donde deberían esperar la llegada de otro cicerone.


La temperatura era gélida y el viento racheado azotaba sus rostros, única parte visible de sus cuerpos que se protegían con sendos chaquetones.


De camino hacia la pinacoteca, el grupo observaba con asombro la multitud de personas que hacían, por su cuenta, largas colas para adquirir las entradas.


Llegados al punto de encuentro, vieron con estupor que el intérprete tampoco aparecía por ningún lado. Allí parados el frio se hacía sentir con intensidad. Ni los guantes conseguían impedir que los dedos se quedaran entumecidos.


Durante aquel tiempo de receso los turistas tuvieron oportunidad de conocer, al menos, la procedencia de cada uno.


—¿Y vosotros, de dónde sois? —Preguntó un joven con fuerte acento catalán.


—Venimos de Brasil   —respondió el marido de una chica atractiva.


—¿Y cómo estáis con un grupo de habla hispánica?


—No hemos encontrado un guía que hable portugués y yo no hablo inglés ni italiano   —les aclaró la chica que parecía un poco retraída.


—¡Nosotros somos de Méjico!  —Dijo en tono alegre un señor, alrededor del cual dos jóvenes muchachas sonreían.


—Hemos tenido que quedarnos un día más en Roma y cancelar nuestro vuelo de vuelta, con el consiguiente perjuicio económico. Pero no nos perderíamos, por nada del mundo, la visita a la Capilla Sixtina —argumentó su señora que vestía un vistoso “quechquémel”.


—Pues nosotros venimos de Madrid. Ya hemos visto la Basílica de San Pedro, el día de Reyes, pero no pudimos comprar los billetes para el Museo y la Capilla, porque ambos estuvieron cerrados—   dijo participando en la conversación un señor de mediana edad, al que le acompañaba su mujer y su hija.


En la puerta se arremolinaban los que ya tenían ticket y los que tenían que comprarlo, formando un conglomerado humano donde era difícil distinguir al monitor que cada grupo tenía asignado.


Por fin, después de una larga espera, llegó el guía que había sido llamado de otra agencia turística, que además traía tras de sí a un nutrido grupo de visitantes. Para más “inri” no llevaba ningún banderín, floripondio o distintivo que lo hiciera visible entre tantísima gente.


—¡Buenos días! —Saludó a los congregados—  Mi nombre es Máximo y soy el lazarillo que les acompañará. ¡Síganme por favor!


El grupo le siguió, avanzando lentamente hasta el portal del Museo. En el vestíbulo, le suministraron radioguía con auriculares para poder escuchar las explicaciones en el idioma pertinente.


El acceso a la Galería Pio Clementino se hizo difícil entre aquella multitud, y más complicado fue seguir al orientador y escuchar sus comentarios.


A veces fue preferible para algunos, no recrearse en la visión de alguna obra de arte, con tal de no perder de vista al responsable del grupo.  


A duras penas consiguieron llegar hasta el Apolo de Belbedere y hacerse alguna foto para el recuerdo.


Más adelante el monitor advertíó:


—A vuestra izquierda podréis ver el Grupo Escultórico de Laocoonte y sus hijos. Una obra descubierta en 1506 en la Colina de Esquilino. Realizada en mármol blanco por Agesandro, Polidoro y Atenodoro…


La masa humana se agolpaba ante una puerta, no muy ancha, que daba acceso a las Estancias de Rafael. Allí prácticamente estaban todos completamente parados.


Fue entonces cuando el cicerone les comunicó al grupo que lideraba:


—A causa de los preparativos que han de realizarse para la Misa que el Papa oficiará mañana, para conmemorar el Bautismo de Jesús, siento comunicarles que la Capilla Sixtina, ha cerrado sus puertas para las visitas.


En ese momento se escuchó en la Galería el grito desgarrador de una señora vestida con un “quechquémel”, que caía desvanecida en los brazos de su hija.

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domingo, 15 de enero de 2017

Tenacidad y heroísmo
             

En las reuniones familiares los hombres solemos hablar de las peripecias vividas durante nuestra etapa de soldado. Entonces me llegan recuerdos del servicio militar obligatorio que hice en el Sahara Español.

Mis compañeros de Arma y yo sufrimos los ataques del Frente Polisario, que atentaban contra los yacimientos de fosfato y las instalaciones de empresas españolas.  
En el año 1975, el rey de Marruecos, Hassan II, ordenó la invasión de aquellos territorios.
  
Mientras sucedía el desplazamiento de los integrantes de la “marcha verde” por el desierto, la administración española organizaba la Operación Golondrina, destinada a evacuar a los habitantes de aquella colonia entre los que, por mi situación militar, me encontraba.

Nuestra retirada dejó el campo libre al ejército marroquí que inició una táctica de tierra arrasada contra la población saharaui, incluyendo saqueos de sus hogares y envenenamiento de los pozos de agua.

Millares de mujeres, hombres y niños tuvieron que huir a través del desierto para refugiarse en Argelia.

Han pasado muchos años de aquellos desgraciados acontecimientos.

Desde entonces los saharauis viven en el desierto argelino, en la Hamada de Tinduf, una de las zonas más inhóspitas del mundo, donde no hay apenas electricidad y el agua potable la suministran por medio de camiones cisternas.

Un día, el grupo de amigos que allí estuvimos haciendo la mili, decidimos volver a aquellas tierras para encontrarnos con la realidad del pueblo saharahui y llevarles nuestra ayuda solidaria.

Nos reunimos con Brahím, jefe del consejo local, con Nasrat y Mansur en el campamento de Smara, donde quedamos asombrados de ver cómo habían conseguido sobrevivir en medio de aquel desierto estéril.

Nos recibieron hablando un castellano perfecto. Esperábamos que, después de nuestra salida de aquella colonia y de que hubiesen perdido la nacionalidad española, hablaran la lengua árabe o su dialecto llamado hasanía.

Al abrazarnos afloraron nuestros sentimientos más profundos y les pedimos sinceras disculpas por haberles abandonado a su suerte ante el avance de las tropas marroquíes.


—Ya veis, aquí la vida transcurre en la “haima” y el tiempo pasa lentamente soportando altísimas temperaturas, que contrastan con las lluvias torrenciales que a veces inundan nuestro campamento   —nos explicó el profesor Mansur.

—¡Cómo sentimos esta interminable situación que estáis atravesando! —dije bastante apenado.

—¡No merece la pena reabrir heridas! ¡Cuán equivocados estábamos los que pensábamos que hostigándoos conseguiríamos la independencia de nuestro pueblo! —dijo Mansur, tratando de suavizar la tensión.

—Os estamos muy agradecidos por la ayuda que desde España nos suministráis; pero no queremos vivir de las ayudas, sino de lo que produce nuestra tierra    — apostilló Brahim visiblemente emocionado.

—¡Tenemos una deuda moral con vosotros! Pero qué entereza demostráis llevando adelante, sin recursos, la escolarización de vuestros niños   —comentó nuestro compañero Fabián.

—Aunque desgraciadamente,  —recordó Mansur—  nuestros hijos tienen que abandonar la escuela al terminar el ciclo medio, y marcharse para continuar sus estudios en España, Cuba o Argelia. Muchos de los que aquí están trabajando tienen estudios superiores y ayudan a la comunidad en materia educativa y sanitaria.

—Sí, no podemos olvidarnos de que muchas de nuestras mujeres sufren de anemia y un tercio de los niños de desnutrición crónica   —apostilló el doctor Nasrat.

—De cualquier manera tiene un mérito extraordinario que hayáis podido construir, en medio de la nada, los pilares básicos de un Estado, Brahím  —insistí tratando de estimularles.

—Eso lo tenemos que agradecer a nuestras mujeres; ellas levantaron estos asentamientos y crearon su estructura administrativa mientras los hombres luchábamos contra las tropas marroquíes   — nos aclaró él orgulloso.

—Pero la lucha continúa  —exclamó Mansur—  ,mañana iremos a un desfile para reivindicar nuestro derecho de autodeterminación.

Al día siguiente, emplazados delante de la alambrada que separa el campo de refugiados del territorio ocupado, coreábamos las consignas en favor de la independencia.

Los ánimos se caldearon y un grupo de jóvenes arrancó parte de la valla, por donde penetraron en el suelo de su patria.

Brahím, brazos en alto, delante de la alambrada rota trataba de detener a aquella multitud enardecida. Un disparo le segó la vida al tiempo que una mina estallaba, arrancándole las piernas a un chaval de diecinueve años que había traspasado la barrera.
               
Todos huimos de allí despavoridos. Al anochecer cesaron los disparos y conseguimos recoger el cuerpo sin vida de Brahím. En sus manos, sostenía una revista donde podían leerse los versos del poeta Bahia Awah que comienza así:
Yo tengo un sueño. ¡Ese día de paz! (…)

El gobierno marroquí emitió un comunicado oficial afirmando que se habían efectuado disparos contra los militares, y que estos habían respondido convenientemente contra los manifestantes.


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jueves, 1 de diciembre de 2016

Pecados de juventud
“Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Recuerdo como mi nieto, Damián, se las hizo pasar canutas a aquel chico.
Damián no tenía recuerdos de su padre ya que murió soterrado en una mina de León poco después que él naciera, allá por el año 1918. Desde muy niño fue pastor de ovejas y me acompañó durante años por la sierra de Gredos y los campos de Castilla.
Durante la trashumancia solíamos entrar en los pueblos del camino, donde nos deteníamos apenas el tiempo necesario para que el rebaño bebiera en el abrevadero de la plaza”.
“Aquella tarde en Candeleda, a la salida del colegio, lo vimos acercarse a la fuente del Castillo llevando detrás a casi todas las chicas del pueblo. Pero él no advirtió que su doble estuviera tan cerca.
Me sorprendió el parecido tan grande que tenía con Damián.
En ese momento pensé: «¿Será que mi hijo estuvo por aquí haciendo de las suyas?»
—Abuelo, ¿Por qué ese muchacho está bien vestido y calzado y nosotros andamos por el campo con unas alpargatas?  —preguntó—  ¿Por qué él puede ir al colegio y yo tengo que andar cuidando del ganado y de nuestro perro Yago?  —Continuó diciéndome bastante abatido.
No pude responderle. ¡Se me quebró el corazón! «¿Qué adelantaría decirle que las reformas que había prometido el Gobierno de la República estaban siendo sistemáticamente boicoteadas y no llegaban  a las clases más pobres de nuestra tierra?»
Durante el trayecto de regreso al aprisco, no paró de darle vueltas en su cabeza a la escena que habíamos presenciado en la plaza del pueblo.
—¡No es justo! —repetía.—  Todos los jóvenes teníamos que tener derecho a ir a la escuela, a vivir en una casa y a tener ropa decente que ponernos”.
“Aquel duro invierno de 1934, nos quedamos alojados en la majada de Poyales del Hoyo.
Damián había tomado la decisión de bajar cada día a Arenas de San Pedro para acudir a la Casa del Pueblo, donde se afilió al Partido Socialista y allí le enseñaron a leer y escribir.
Con el paso del tiempo supimos que aquel chico se llamaba Roberto y era hijo único del mayor terrateniente de aquel pueblo del valle del Tiétar en la provincia de Ávila”.
“En aquellos años las diversiones de los jóvenes pudientes de Candeleda, aparte de ir al cine, eran: jugar al futbol en invierno y bañarse en verano en el rio Garganta de Santa María. Actividades que Roberto tenía prohibidas por sus padres.
Por eso, en esas ocasiones, nunca estaba con el grupo. Entonces mi nieto se dejaba ver a propósito, y les quitaba la ropa a los que estaban jugando, que presentían era una broma que les había gastado su amigo y continuaban despreocupados dándole patadas al balón.
Pero si estaban bañándose, la cosa era diferente; la burla les obligaba a volver a sus casas en paños menores, siendo el hazmerreír de todos los vecinos.
Cómo era lógico las broncas que le echaban sus amigos por semejantes barrabasadas eran grandes y a veces le dejaban alguna que otra marca en la cara.
Roberto intentaba explicarles que no tenía nada que ver con aquellas fechorías, pero ninguno le creía”.
“…Llegó septiembre de 1935. Damián se arregló con las mejores ropas que les había quitado a los muchachos del pueblo y se calzó unos bonitos zapatos que le venían que ni pintado.
Aquella noche bajó a Candeleda y se incorporó a las fiestas de la Virgen de Chilla. Allí, en la plaza mayor, todos estaban bailando al son de una pequeña banda. Él se dirigió a la chica más bonita del grupo:
—¿Bailas, muñeca?
—¡A qué viene eso, Roberto! ¿Desde cuándo me llamas muñeca, no sabes mi nombre? ¿O es que el último mamporro de tu padre te ha dejado idiota?
Ni le contestó. La agarró por la cintura y la condujo bailando hasta un rincón apartado de la vista de los demás y le robó un beso que le supo a gloria.
—¿Quién eres tú, que bailas tan mal? —le espetó la chica.
En vez de responderle, Damián la besó nuevamente.
—¡Bailas muy mal!¡Pero besas divinamente! —le dijo entre avergonzada y satisfecha”.
“…Al estallar la guerra civil en el verano de 1936, a pesar de la diferencia social e ideológica que había entre ambos, de las travesuras que Damián le hizo padecer durante años; y aun habiéndole quitado la novia, Roberto le salvó la vida a mi nieto escondiéndolo en la finca de su padre.
Muchas veces me he preguntado a lo largo de estos años:
«¿Sería la llamada de la sangre?»”


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martes, 1 de noviembre de 2016

PALADARES EXQUISITOS


Londres 1870. El “chef” Christian Haggard, poseedor de varios galardones culinarios, tenía el reconocimiento de la alta burguesía londinense, por ello diariamente, su restaurante “Goring Room” ubicado muy próximo al Parlamento Británico se llenaba también de renombrados políticos y comensales aristocráticos.
Su equipo de trabajo lo formaban experimentados cocineros, que el mismo había reclutado de otros afamados fogones tanto del país como de la vecina Francia.
Tenía a su servicio un pequeño grupo de ayudantes aprendices. Pocos chicos eran capaces de soportar la presión del trabajo y el carácter autoritario, rayando en el despotismo, del propietario del local.
Dentro de ese grupo de chavales, uno destacaba por encima de los demás, las tareas que le asignaban, las desarrollaba con soltura y eficacia. Su nombre era Luke muy querido por sus compañeros, dado su carácter afable y servicial. Sentimentalmente le unía un lazo de parentesco con el “chef”. Era hijo de su difunta hermana, a la cual le juró que cuidaría de él hasta que cumpliera la mayoría de edad. Este moraba en el sótano del restaurante donde su tío le tenía asignada una pequeña habitación y un minúsculo baño.
Si alguna vez otro restaurador le pedía algún aprendiz para llevárselo a su empresa, este dejaba ir al menos aventajado del grupo. Pero nunca se desharía de los servicios de Luke.
—Señor Haggard, este guiso está excelente, quiero felicitarle por la innovación que ha introducido añadiéndole ese toque de cúrcuma —le dijo Lord Kingsley cuando este pasaba entre los comensales para saludarlos e interesarse por la buena acogida de sus platos.
—Muy agradecido “my Lord” —respondió el chef al mismo tiempo que pensaba: «Dios mío, tengo que ver quién ha cometido semejante herejía culinaria».
Diariamente, después del cierre del local, este anotaba en un cuaderno de recetas sus notas personales sobre los platos elaborados, que guardaba celosamente bajo llave en su mesa de trabajo.
Pero aquella noche reunió a todos los trabajadores y les inquirió sobre la modificación de uno de sus platos sin su conocimiento. Ninguno de ellos se identificó como el autor. El “chef” maldijo, como era habitual en él, jurando que despediría sin ningún miramiento al que se atreviera a cambiar alguna de sus creaciones.
Después de aquella llamada de atención a su personal, el chef repitió la fórmula del guiso añadiéndole ese toque de cúrcuma que el ilustre comensal tanto había elogiado. El resultado a su paladar fue indescriptible, cambiando su opinión de “herejía culinaria” de forma inmediata a “condumio divino”.
Se aproximaba la fecha de la visita del Comité Gastronómico. Cada año dicho Comité valoraba los más afamados restaurantes y premiaba al mejor de la ciudad otorgándole el galardón y la medalla correspondiente.
…Aquel día había nervios y correrías en la cocina bajo su enérgica supervisión. Los cocineros preparaban las carnes y salsas, con la inestimable ayuda de los aprendices que les suministraban solícitos las especies y yerbas aromáticas que estos le pedían. Como siempre, era Luke el más solicitado por los maestros cocineros que además le permitían elaborar el majado, por el punto exacto y la textura que conseguía.
—Señor Haggard, sin duda el aroma de su “chutney the appel” añadido a ese sabor increíble de eneldos y jengibre, hacen de él una creación inigualable. Sin duda lo propondremos para ganar el primer premio de alta gastronomía —le dijo lleno de satisfacción el presidente del Comité.
Un ataque contenido de ira le hizo subir la sangre a la cabeza. Intentando no desconcentrarse del momento, agradeció los elogios:
—Muy honrado por su consideración, señor Presidente. Aguardaré expectante el resultado final de la votación —dijo; mientras tanto pensaba: «Quién será ese hijo de puta, que jode mis creaciones pero las supera con creces. ¡Tengo que acabar con él!».
Indignado espetó al cocinero que preparó aquel plato seleccionado por el Comité. Este le juró por su honor que nunca le traicionaría. Entonces indagó sobre quien le había ayudado a preparar la salsa de aquel plato.
Como castigo a su mal proceder el tío golpeó con saña a su sobrino. Posteriormente lo mantuvo durante algún tiempo encerrado y privado, la mayoría de los días, de alimentación, hasta que pudo deshacerse de él con la ayuda de unos vagabundo, a los que pagó, para que lo arrojaran al rio Támesis.
Cuando sus compañeros y amigos preguntaban por Luke; el tío respondía:
—Lo he mandado a París, para que siga aprendiendo, pues tiene un potencial increíble para la cocina.


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martes, 6 de septiembre de 2016


Mis primeros pasos por el mundo  (3)                                                                           

 

Escenas de películas como “La cadena invisible” con Elhizabet Taylor adolescente, “Gascón el zurdo”,  ”Beau Geste”, “Murieron con las botas puestas” con Errol Flint,  o  “La vida secreta de Walter Smits” con Danny Kelly, se cuelan en mi cabeza haciéndome recordar aquellos alegres años infantiles.   

Cosas típicas de la ciudad y que prácticamente han desaparecido son los puestos de chumbos que frescos y pelados para evitar las espinas, te ofrecían los vendedores pregonando su mercancía diciendo “chumbos gordos y reondos”.

Otra figura desaparecida pero no olvidada, por causa del monumento que hay cercano al puerto, es la del “cenachero”, cuando este pasaba voceando por las calles el rico pescado que llevaba en unos capachos que colgaba con garbo de sus brazos en jarra, para soportar el peso de la mercancía que pregonaba.

Personajes conocidos de aquellos tiempos en la ciudad, me vienen a la memoria, como Mariquilla “la loca”, que nos corría por las calles cuando perversamente nos metíamos con ella. O el “puto Pedro” un pobre hombre pacífico, sin muchas luces, con un hatillo bajo el brazo, que a todo lo que se moviera o no, le anteponía la palabra puto o puta, según fuera masculino o femenino. Ambos vivían de la caridad pública.

Recuerdo al sujeto un poco “ido de la olla”, filósofo callejero no exento de chispa y gracia, de nombre Matías que según los comentarios de la gente, antes cuando cuerdo, había sido oficial de la Legión y compañero de Millán Astray (General, fundador de dicho cuerpo militar), y que ahora encaramado en cualquier lugar un poco prominente de la calle o plaza donde se encontrara, arengaba a los viandantes que se congregaban, para escuchar sus hilarantes discursos que siempre terminaba dando un fuerte zapatazo en el suelo y diciendo: ¡Señores,  y dice Matías!

Me viene a la memoria uno de sus ocurrentes chistes que decía así: ¡Si alguna vez te compras una bicicleta, que sea de la marca BH; por si por H o por B, la tienes que vender!

También había en la ciudad un cura muy famoso conocido como el “Padre Potaje”, que muchos lo nombrábamos en forma despectiva, cuando en realidad este buen hombre llevaba adelante un comedor social en una época tan difícil y de tanta miseria, como lo fue, la post guerra civil española y el bloqueo internacional que sufría el País, por causa de la dictadura franquista.

Me acuerdo de la Plaza de la Merced, próxima a mi casa, repleta de hojas y bolas peludas que caían en otoño de los plataneros que allí hay, y donde aprendí a montar y esquivar los bancos de la plaza en la bicicleta de mi inseparable amigo y vecino.

En esa misma plaza en uno de sus edificios, había nacido Pablo Ruiz Picasso, y en ella sin duda aprendió a pintar las palomas que por cientos revuelan por allí.

A esa plaza de forma cuadrangular y un poco elevada, con relación al nivel de las calles adyacentes, se accede subiendo; uno, dos o tres escalones, desde cada una de las calles que la circundan. Está cercada  por un pretil que sirve de asiento, además de tener una  barandilla de hierro forjada, que cubre todo el perímetro y que se puede utilizar como respaldo. En el centro de esta plaza y rodeado de bancos de mármol y plataneros, hay un obelisco a la memoria del General Torrijos, hombre liberal y tenaz luchador contra el absolutismo del rey Fernando VII, y a sus compañeros que fueron fusilados el día 11 de Diciembre de 1831 en la playa de San Andrés, en Málaga. Hasta hoy, me resulta extraño, como pudo sobrevivir a la Dictadura franquista un monumento como éste, a alguien que defendiera la constitución y la libertad, hasta la muerte.

Ya lo canta la copla que dice así: “Si Torrijos murió fusilado, no murió por vil ni traidor, que murió con la espada en la mano, defendiendo la Constitución”. Cuando aquel régimen franquista, había hecho justamente lo contrario, aboliéndola y suprimiendo la libertad de todos los españoles.

Hay en el Museo del Prado, un imponente cuadro de 6 x 3,90 metros  que recoge este momento histórico del fusilamiento. Cuadro que fue pintado por Antonio Gisbert en 1888. Una réplica de este cuadro en papel couchet, de dimensiones tamaño A3, estuvo durante mucho tiempo doblado y medio escondido, no sé por qué, en un armario de mi casa.                                                                                                  

Los chicos de la Parroquia de Santiago, también jugábamos dentro de la Iglesia de “La Merced”, fundada por los padres mercedarios en 1507. Estaba derruida pero no abandonada. Aún conservaba sus paredes y la fachada delantera, así como las escalinatas de mármol de la entrada principal y las rejas forjadas que cerraban todo el espacio frontal.

Lo que quedaba del Templo lo vigilaba un guarda privado, pues allí habían sido construidos posteriormente, donde era la sacristía, algunos despachos de los cuales desconozco la finalidad que pudieran tener. Este hombre cuidaba de la propiedad junto con su perro pastor llamado Nerki, al que le daba tres palizas diarias para amansarlo, pues decía que era muy agresivo. Sin duda este señor era más animal que el perro.

Aquella Iglesia de La Merced estaba en ruinas debido a un incendio acaecido en los disturbios populares de mayo de 1931, sin la techumbre, y sin ningún tipo de mobiliario, ni altares, ni imágenes. Allí en la nave central, retirados hacía tiempo los escombros, disputábamos sendos partidos, como si fueran de futbol sala, los chiquillos de la parroquia. Más tarde sería utilizada como cine de verano. 

Actualmente en el solar que ocupaba la Iglesia, hay un moderno edificio de viviendas.

También me veo asistiendo a más de una corrida de toros en la Plaza de “La Malagueta”  junto con mi padre, que era un buen aficionado. Después de la corrida, yo solía “fardar” delante de mis amigos del barrio, dando detalles de la faena y de que tal o cual torero lo había  hecho mejor, sin duda influenciado por los comentarios que mi padre hacía con sus amigos que también habían ido a ver la corrida junto con nosotros. Por aquellos años eran famosos, los diestros Manolete, el mejicano Carlos Arruza, El niño de la Palma, Pepín Martin Vázquez, Domingo Ortega, Antonio Ordoñez, Luis Miguel Dominguín y Antonio Bienvenida entre otros.

Vagamente me veo viendo los peces de un acuario que había abierto al público en el Paseo de la Farola cerca de la Comandancia de Marina y que hace muchos años dejó de funcionar. También cerca del puerto, en la calle Córdoba había una piscina de grandes dimensiones con unas barquillas motorizadas donde alguna vez me subí junto con alguno de mis hermanos.

Otra atracción que me sobrecogía por el estruendo del ruido del motor, era una especie de circo de alta pared circular, donde por ella se deslizaba subiendo, bajando y dando vueltas sin parar la moto y el motorista. La vibración de las tablas al paso rápido del vehículo, aliado al estridente ruido salido de su escape libre, me cogía un pellizco en el estómago, que lejos de divertirme me amedrentaba.   

Después de mi expulsión de aquel buen colegio privado, comentado en un relato anterior, mis padres decidieron ponerme en otro pequeño próximo a mi casa, para que el “maestro”, Don Juan Mirabet, hiciera carrera de mí. Recuerdo la celebración casi “mística” que este hombre hacía en el Día del Libro, cuando nos reunía a todos los alumnos y nos enseñaba un precioso tomo de bella portada, que era además una caja de música y nos la hacía escuchar con profundo respeto.

En aquello años se celebraban durante las fiestas, carreras de motos en un circuito improvisado y sin ninguna seguridad, para los espectadores ni para los motoristas, en el parque de la ciudad.

El peligro de que se salieran del circuito era una constante y al no haber ni fardos de paja en las curvas para atenuar un posible choque, acrecentando aún más el peligro para los espectadores.

A mí las carreras que más me gustaban eran de sidecar, cuando el copiloto se vencía hacia un lado u otro de la moto, dependiendo que la curva fuera a la izquierda o a la derecha, para ayudar al piloto a tomar la curva debidamente.
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Mis primeros pasos por el mundo (2)


Mis primeros pasos por el mundo.  (2)                         

Recuerdo mi participación en Radio Nacional de España encaramado en una silla, porque no llegaba al micrófono, declamando una poesía patriótica que ensalzaba la figura del “Caudillo”,  y mi pertenencia a la “Acción Católica” en la parroquia de mi barrio; porque la “poesía” me la enseñaron en la catequesis. Bueno, hasta aquí todo normal para la época, porque “Iglesia” y “Estado” iban siempre cogidos de la mano.

Por aquellos años era frecuente escuchar en las emisoras de radio el espacio reservado a la audición de los discos dedicados, pues la situación económica de muchísima gente no permitía la compra de los mismos y mucho menos tener una “gramola” o un toca-discos en su casa.

En el año 1881, en la Iglesia de Santiago, situada muy próxima a la plaza de La Merced fue bautizado Pablo Ruiz Picasso: como yo lo fui muchos años después, ya que nací en una casa de la calle Madre de Dios en el año 1941.

Esa iglesia que años más tarde yo frecuentaría con asiduidad, es la más antigua de la ciudad. Tiene anexa al cuerpo principal una torre de estilo mudéjar que era utilizada como minarete por los árabes que durante siglos dominaros aquellas tierras.

A esa torre que con el paso del tiempo fue reconvertida en campanario, subía yo junto con el campanero cuando éste iba a repicar las campanas para anunciar la celebración de algún evento extraordinario, ya que el toque de llamada a la misa diaria o a difunto, lo realizaba normalmente desde abajo mediante una cuerda que colgaba desde la menor de ellas hasta al suelo de la parroquia. Para mí resultaba un espectáculo ver como el hombre se subía y se bajaba de la más grande para poco a poco ir dándole impulso hasta conseguir voltearla y continuar empujándola después para que no perdiera velocidad y hacer que su sonido junto con el de las demás, que antes había puesto a girar, llegara acompasado, fuerte y vibrante a todos los rincones del barrio. 

A esa edad, mi asistencia al santuario estaba más bien motivada por los juegos que podía disfrutar en los salones que estaban a disposición de los niños que pertenecíamos a la “Acción Católica”.  

Otra actividad que me gustaba, y para la cual siempre me llamaba la “catequista” era  participar en la agrupación artística de la parroquia, que asiduamente y con motivo de cualquier celebración, siempre de cuño religioso, organizaba alguna representación teatral. El grupo debía ser razonablemente bueno, pues llegamos a representar algunas obras en el Palacio Arzobispal, en más de una ocasión, para el entonces Obispo de la ciudad. 

En aquellos “bonitos años” de mi infancia, veo a mis padres despertándonos muy temprano en época veraniega, para llevarnos a la playa, antes de ellos abrir la tienda diariamente, para que disfrutáramos del mar y de los benéficos primeros rayos de sol.

La visión de un tren y el paso lento del mismo dentro de un túnel que nos dio un tremendo susto, es una escena que no olvido, cuando mi padre y yo caminábamos por él para cortar camino y acceder a una playa muy concurrida y alejada de la ciudad, la playa del Peñón del Cuervo, que era muy frecuentada en días de fiesta, como la del 18 de julio, cuando les daban a los trabajadores una paga extraordinaria y las familias salían al campo o a la playa, para pasar el día bañándose y comiendo las viandas que ya llevaban preparadas desde casa.
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lunes, 5 de septiembre de 2016

Mis primeros pasos por el mundo (1)


Mis primeros pasos por el mundo (1)                                                                                                                  


El canto de una nana que mi madre entonaba para que yo me durmiera, provocaba en mí un sentimiento de tristeza que me acongojaba.

La nana es una canción del poeta García Lorca cuya letra empieza así: “Este niño chiquito no tiene cuna…”. Probablemente éste haya sido el comienzo de mi admiración por el poeta y por su poesía.

Pasado el tiempo, mis hermanos ya adolescentes, bromeaban conmigo recordándome esa nana que tanto me apenaba hasta hacerme llorar.

Esto se diluye en la memoria al recordar el impacto emocional que sufrí cuando vi a mi padre con un aparatoso vendaje que le cubría la mano derecha, que se había pillado al manipular un bidón lleno de aceite. La tremenda impresión que me llevé hizo que yo cayera desmayado, no sin antes sentir por primera vez y simultáneamente un extraño cosquilleo dentro de mi cabeza, un raro zumbido en los oídos y un súbito malestar en la boca del estómago.

Después me viene a la memoria mi paso por la “amiga”, una especie de jardín de infancia de la época, donde acudía diariamente con mi sillita, mi pizarrín y mi pizarra, en la que escribía los primeros palotes.

Por entonces yo tenía un perro con el que jugaba diariamente y no lo dejaba tranquilo ni a sol ni a sombra. Un día que íbamos a la playa el perro desapareció al paso de un tren. Yo lo buscaba desesperado y no lo veía por ninguna parte. Me dijeron que el suburbano lo había arrollado para que me quedara quieto. Pero yo no lo creía, pues no escuché al perro emitir ningún aullido, ni había rastro de sangre por allí.

Más tarde supe que un amigo de mis padres se lo había llevado en connivencia con ellos, para desengancharme del apego tan fuerte que tenía con el animal.

Pasado un tiempo sustituiría al perro por una gata que era muy cariñosa, y le gustaba dormir conmigo a los pies de la cuna.

El tiempo que yo pasaba en la tienda de mis padres era despachando arenques que por aquellos años la gente consumía bastante y, que yo despegaba una a una de la barrica de madera que las contenía perfectamente colocadas. Después las envolvía a mi manera en un papel de estraza. También jugaba sin parar con la bomba manual que medía el aceite, llenándola y vaciándola retornando al bidón el líquido que contenía.

Al cierre del comercio y camino de casa para comer, mi padre paraba en una taberna del barrio donde se tomaba una copa de vino y compartía conmigo una “tapa” de pulpo frito. A mi solía darme un huevo crudo en una copa con un poco de vino dulce que tomaba de un sorbo, porque decía que eso era un buen reconstituyente.

En aquellos años, mis primeros contactos con la Iglesia, devienen de la práctica de mis padres de acudir a la misa dominical y de la asistencia junto con ellos a las charlas, que misioneros jesuitas impartieron por todos los barrios de la capital y para las cuales, llegaron hasta construirse pequeñas capillas, como la que fue levantada en un descampado llamado “El Ejido”, para albergar a los fieles, y no tan fieles, que acudían casi por obligación.  

En el cierre de campaña de “Las Misiones”, que se celebró en el teatro Cervantes, participé en dicho acto recitando alguna poesía que la catequista de la parroquia me hizo aprender para tal fin.

Yo sentía curiosidad cuando acudía a los ensayos, por conocer los entresijos del teatro, con sus tramoyas, su candileja, el foso donde los músicos se sientan para tocar sus instrumentos, los camerinos, los decorados enormes de las representaciones teatrales profesionales y tantas cosas que eran completamente nuevas para mí. Muy niño todavía, recuerdo haber vuelto a ese teatro junto con mis padres para ver la representación de la zarzuela “Molinos de Viento”, cantada por el entonces famoso barítono Marcos Redondo.

En aquellos tiempos la gente más humilde se agolpaba a la puerta de entrada de los artistas a ese teatro para ver de pasar fugazmente, a aquellos que admiraban; pero que no podían pagar una entrada para verlos actuar o escucharlos de cantar.

Lo mismo ocurría con muchas personas que aprovechaban la tarde en que había corrida de toros para pasear y acercarse a la puerta grande de la plaza de “La Malagueta” para ver si sacaban a hombros a algún torero que hubiera hecho una gran faena en el ruedo.

Más tarde me echaron de un colegio privado por decir palabrotas, algunas irrepetibles y otras como “maricón el último”, a la salida de las clases; pero conviene aclarar que yo pasaba mucho tiempo en un barrio popular, donde mis padres tenían una tienda de “ultramarinos” y, mi contacto con los chiquillos era inevitable, motivo por el cual mi vocabulario era de lo más “pulido y exquisito”.
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